miércoles. 22.11.2017 |
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Más de 4.000 personas llegaron a estar presas en los campos de concentración de la provincia

Más de 4.000 personas llegaron a estar presas en los campos de concentración de la provincia

Sólo estuvieron ocupados durante unos meses, pero la provincia también contó con dos campos de concentración para presos del Franquismo: uno ubicado en la capital y otro en Toro. La saturación de las cárceles provocó que los dirigentes de la dictadura optaran por esta solución para hacinar, muchas veces en condiciones insalubres, a sus enemigos políticos, que también se vieron obligados a realizar trabajos forzosos como pena por su participación en la contienda.

El campo de concentración de Toro se abrió antes, incluso, del final de la Guerra Civil, aunque ya cuando la tendencia conducía inexorablemente al triunfo del levantamiento militar. Se tiene constancia, por primera vez, de su apertura, en febrero de 1939. Como explica el historiador Cándido Ruiz, en lugar de construcciones nuevas, como en la Alemania Nazi, el Franquismo optó por utilizar edificios ya existentes para convertirlos en improvisadas prisiones. 

En el caso de la localidad zamorana, el Hospital de la Convalecencia, el Hospital de la Cruz y el Asilo de la Fundación de la Marquesa de Valparaíso fueron los centros escogidos para ubicar a un número de reos que llegó a ser de 1792 en el mes de abril, el primero tras el final de la Guerra. En los meses sucesivos, estos espacios se fueron vaciando de forma paulatina para proceder al traslado de una buena parte de los prisioneros a Miranda de Ebro, que mantuvo su campo de concentración abierto hasta enero de 1947.

En la capital, el primer dato corresponde a abril de 1939, cuando más de 600 presos llegaron a la capital. En mayo, se alcanzaron los 2.287 tras el aterrizaje de varios centenares de enemigos políticos del régimen procedentes de San Lorenzo del Escorial. A pesar de ello, tampoco duraron mucho en la zona y fueron derivados a otros lugares antes de 1940.

PRESOS CLASIFICADOS

El historiador Cándido Ruiz explica que los campos de concentración, "un invento español, que se remonta a la Guerra de Cuba de finales del XIX", sirvieron para "clasificar los presos en orden de peligrosidad". Así, a los internos se le asignaban letras desde la A hasta la D, para determinar si eran afectos al régimen, desafectos sin responsabilidades penales o mandos políticos del bando republicano en diferente grado. Estos espacios fueron, por tanto, un instrumento más de represión utilizado en la etapa de posguerra.

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