Un pueblo, una ciudad y un rito: San Marcos vuelve a unir a Zamora y La Hiniesta en su fecha exacta
La ciudad y La Hiniesta se reencuentran en una tradición centenaria que mezcla fe, historia y rito, en un 25 de abril que recupera su calendario original
Hay tradiciones que no se explican: se heredan. Caminan despacio, con el peso de los siglos en los hombros y el silencio solemne de quienes saben que están repitiendo un gesto antiguo. Este sábado, Zamora vuelve a una de esas escenas que no cambian, aunque todo lo demás lo haga: la Rogativa de San Marcos.
En Zamora no es una fiesta al uso. Es otra cosa. Un encuentro que empieza lejos, en los campos de La Hiniesta, y que avanza hacia la ciudad como se hacía hace siglos: con una cruz al frente, un pendón al viento y un pueblo detrás.
La imagen se repite cada año, pero nunca es exactamente la misma. Encabeza la comitiva la cruz parroquial, seguida del pendón y del Crucifijo que porta el último casado del pueblo, una figura humilde y simbólica que resume la continuidad de la vida. Detrás, vecinos, párroco y autoridades. No hay prisa. Nunca la hubo.
El destino es la iglesia de San Lázaro, donde la espera adquiere forma de ceremonia. Allí, los cofrades de la Virgen de la Concha reciben a la rogativa con un gesto que parece detenido en el tiempo: el saludo de pendones y el intercambio de bastones de mando entre alcaldes, un acto que mezcla liturgia civil y religiosa sin necesidad de explicaciones.
Después, las dos columnas —la del campo y la de la ciudad— se funden en una sola. Caminan juntas hacia la iglesia de San Vicente, donde hoy se celebra la misa que durante siglos tuvo su lugar natural en San Antolín. Son pequeños cambios que no alteran lo esencial: el rito sigue intacto.
Porque lo que se celebra no es solo una misa. Es una memoria. Las letanías mayores, de origen romano, instituidas en el año 590 por el papa Gregorio Magno, resuenan todavía como un eco lejano de aquella primera Iglesia que caminaba entre epidemias y temores, pidiendo protección. Zamora, en eso, tampoco ha cambiado tanto.
Al terminar, la comitiva regresa a San Lázaro. Allí, ante la Virgen del Yermo, se entona la Salve. Y en ese punto —cuando las voces se alzan juntas— se cierra un círculo que comenzó hace más de un siglo, cuando en 1921 se hermanaron las devociones de la Virgen de la Concha y la Virgen de la Hiniesta. Desde entonces, nadie ha roto ese hilo.
Este año, además, hay un matiz que lo cambia todo sin cambiar nada: la rogativa se celebra exactamente el 25 de abril, su fecha original, algo que no ocurría desde hace tiempo. El calendario, por una vez, se ha alineado con la tradición.
La jornada arrancará a las 9:30 horas en San Vicente, desde donde partirá la procesión hacia San Lázaro para el encuentro con el pueblo de La Hiniesta. Después, la misa —en la que tomarán posesión los nuevos mayordomos—, el regreso, la Salve… y, como manda la costumbre, el chocolate con churros.
Pequeños gestos que, juntos, sostienen algo más grande.
Porque en Zamora hay días que no son noticia por lo que ocurre, sino por lo que resiste. Y San Marcos, cada año, vuelve a demostrarlo.
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