Sara Fernández, afectada por la vacuna contra la COVID: "El dolor es constante, todos los minutos del día"

Esta zamorana padece una esclerosis múltiple secundaria progresiva debido a la inoculación de la vacuna de AstraZeneca en el año 2021

Sara Fernández, afectada por la vacuna de AstraZeneca
Sara Fernández, afectada por la vacuna de AstraZeneca

La vacuna contra la COVID-19 salvó millones de vidas, pero también hay otras historias menos visibles, casos que rara vez ocupan titulares y que, sin embargo, tienen nombre, rostro y consecuencias irreversibles. Historias que no cuestionan la vacunación a nivel colectivo, pero que sí recuerdan que hubo personas para las que el proceso tuvo un enorme coste personal.

Antes de aquella vacunación, Sara Fernández Carretero era una joven de 31 años que llevaba una vida normal. Apenas paraba por casa y trabajaba como trabajadora social, profesión que ejercía con vocación y muy vinculada al ámbito sanitario. Todo cambió ese año.

Sara formó parte de uno de los primeros grupos en ser vacunados en enero de 2021 —la campaña de vacunación comenzó en España el 27 de diciembre de 2020— y recuerda que había cierto temor: “No íbamos seguros porque nos tocaba a los primeros, en mi caso por estar en el hospital con pacientes oncológicos y paliativos”.

La dosis administrada fue la de AstraZeneca, y estaban advertidos de las posibles reacciones adversas. Tras la primera inoculación, Sara experimentó una sintomatología que se consideraba normal: fiebre y dolores durante dos o tres días, como si se tratara de una gripe. Nada fuera de lo esperado.

Pese a las denuncias contra la farmacéutica y a la paralización temporal del proceso de vacunación con AstraZeneca, en mayo recibió la segunda dosis. Fue entonces cuando comenzó la pesadilla.

“Como ocurrió con la primera dosis, tuvimos baja de dos días por febrícula y dolores, pero cuando me dispuse a ir a trabajar ya no llegaba ni andando ni en bici. Me caía, me desmayaba, tenía dolores eléctricos. Cuando llegaba me tenía que tumbar en el despacho porque me dolía todo. Es como si estuviera todo el día con gripe y una fatiga increíble”, relata.

A los pocos días, Sara tuvo claro que algo no iba bien: “Cuando pasó la febrícula me di cuenta de que había sido la vacuna y llamé enseguida a mi médico para que lo dejara todo registrado”.

La situación la obligó a solicitar una excedencia en su trabajo, ya que el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) le dio el alta médica solo cuatro meses después de comenzar la incapacidad temporal. A partir de ahí comenzó un largo y doloroso peregrinaje médico. “Estuvieron dos años diciéndome que era ansiedad en lugar de hacerme pruebas, y el diagnóstico me lo dieron hace tres meses: esclerosis múltiple secundaria progresiva”.

Fue en la sanidad privada donde, tras una resonancia cerebral, se detectaron las lesiones desmielinizantes que confirmaron la enfermedad. Un hallazgo que, lejos de aliviar, dio nombre a un sufrimiento prolongado y no escuchado.

Sara subraya que este recorrido por diferentes especialistas no solo agota físicamente, sino que deja una profunda huella psicológica: “Hay mucha estigmatización, y que te crean es un reto, más siendo mujer. Nos han llegado a decir cosas como que eso se te pasa saliendo una noche o echándote un novio. Cuesta pensar que a alguien tan joven le pase algo grave, pero puede ocurrir”.

Al principio, los dolores eran “brutales”, pero aparecían por brotes, lo que permitía a la afectada hacer una vida más o menos normal, pero ahora asegura que "el dolor es constante, todos los minutos del día”.

Hace menos de un año publicó el libro Una historia de terror, basada en hechos reales. La malvida de ser una muerta viviente de la vacuna COVID. Reconoce que hoy el contenido está desactualizado, ya que por aquel entonces manejaba otro diagnóstico, pero no se arrepiente. “Lo escribí porque no sabía si me iba a morir. Pensé que al menos quedaría el testimonio porque no se nos ha dado visibilidad a nivel nacional”. También cuenta que dejó redactadas sus Últimas Voluntades para que nadie decidiera por ella.

A través de asociaciones de afectados por las vacunas, Sara ha conocido otros casos similares. "Hemos visto muchas secuelas neurológicas, sobre todo en mujeres: esclerosis, fibromialgia o fatiga crónica. En el caso de los hombres, se han visto afectados especialmente por ictus y trombos". A su juicio, las vacunas se percibieron como un milagro en plena emergencia, sin que existiera margen para conocer sus efectos a medio y largo plazo.

“No estoy enfadada con la sanidad”

A pesar del largo camino que ha atravesado Sara para obtener su diagnóstico definitivo, considera que es lo habitual en un sistema sanitario que “ahora mismo está roto”. “Los médicos, las enfermeras, todo el sistema está reventado, colapsado, y aún así la mayoría de los profesionales a mí me han tratado bien, esto le podría haber pasado a cualquiera. No estoy enfadada con la sanidad de este país”.

En la actualidad, aun con el diagnóstico, Sara tiene que realizarse pruebas de forma periódica para conocer la evolución de la enfermedad y la eficacia del tratamiento. “Este mes me hacen una analítica y una resonancia para saber si han salido más lesiones y si la medicación está haciendo efecto o hay que probar con otra. Ahora mismo me noto parecida, con fatiga y dolores de cabeza. Ojalá no salieran más lesiones, pero no sé yo”.

Terapia y deporte: los mejores aliados

Desde el inicio, la terapia psicológica ha sido uno de sus principales apoyos. “Es indispensable para cualquiera, pero con más motivo cuando padeces una enfermedad como esta”. El deporte también sigue presente en su vida: practica natación, disciplina en la que destacaba antes, aunque ahora debe ir a otro ritmo: "Voy dos veces por semana, luego tengo que descansar porque para nosotros es un mundo, pero está estudiado que sirve para minimizar un poco la enfermedad”.

Tampoco ha desaparecido el ocio en la vida de Sara: “No me he quitado de ir a algún concierto que me gusta, pero tengo que estar varios días en la cama para disponerme a que ese día voy a gastar más energía, hay que preparar todo con mucha antelación”.

Sara Fernández define su situación como un proceso de duelo: “Dejas de estar bien, es una enfermedad que te quita muchas cosas, a nivel económico, laboral, social, de pareja. Son fases como un proceso de duelo, porque esto lo es”. Un duelo silencioso, como tantos otros, que rara vez encuentra espacio en el debate público, pero que sigue presente, a cada momento, en la vida de aquellos que lo atraviesan.

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