El Año Nuevo entró en Montamarta con un frío helador, una niebla que apenas dejaba ver a unos metros de distancia y una cencellada que cubrió el pueblo de blanco para recibir, como cada 1 de enero, al Zangarrón. El clásico personaje, cuyos orígenes hunden sus raíces en tiempos remotos, salió a la calle ataviado con la máscara negra y con su laborioso traje compuesto por una colcha, varias toallas y unas zapatillas blancas, como principales rasgos diferenciales.

En esta ocasión, fue el joven Alberto Barrios quien encarnó al personaje e hizo sonar con brío los cencerros durante la mañana en busca del aguinaldo. El Zangarrón recorrió las calles de Montamarta desafiando al frío y al resto de condiciones adversas antes de subir a la ermita de Nuestra Señora del Castillo, unos minutos antes de la una de la tarde, para llevar a cabo las ceremonias previas a la misa.

Una vez en el templo, y tras seguir desde fuera la celebración, el Zangarrón hizo acto de presencia para clavar en su tridente las dos hogazas de pan depositadas frente al altar e iniciar de nuevo su carrera y sus brincos en dirección al pueblo. Allí esperaban numerosos vecinos y foráneos para disfrutar de las persecuciones y de los golpes de tridente en la espalda de los mozos menos afortunados en el duelo con el personaje. Eso sí, nunca faltó la contraprestación en forma de bocado a una longaniza.

El próximo seis de enero, la ceremonia se repetirá con otro de los quintos, que encarnará al Zangarrón en una de las mascaradas tradicionales con mayor enjundia de la provincia.


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