VÍDEO | Cuando el cielo calla, Zamora reza: la Tercera Caída vuelve a ser eterna
Tras varios años marcados por la amenaza de la lluvia, la Hermandad completa su estación de penitencia sin sobresaltos y estrena en Santa María la Nueva un cierre más recogido, acompañado y definitivo
La tarde del Lunes Santo en Zamora comenzó con ese aire de tregua que en esta ciudad se recibe como un regalo. Porque no hace tanto que la Hermandad de Jesús en su Tercera Caída aprendió a salir con la incertidumbre prendida en la mirada. Años recientes en los que la lluvia fue protagonista incómoda, aguafiestas de una procesión que parecía condenada a negociar cada paso con el cielo.
Desde mucho antes de la hora señalada, la cuesta de la Morana comenzó a poblarse de túnicas. Blanco y negro, sin concesiones, como dicta la Hermandad. En torno a la Iglesia de San Lázaro, los hermanos se reconocían en los gestos de siempre: abrazos contenidos, palabras breves, ese silencio previo que no es vacío, sino preparación. Concluido el rezo, la voz del hermano regidor, Jesús Ferrero, rompió la espera. Y las puertas se abrieron.
La luz de la tarde se coló en el templo y la procesión echó a andar al son de clarines y tambores. El raso, negro y blanco, avanzó por las calles con esa cadencia que en Zamora no necesita explicaciones. Los pasos comenzaron a abandonar San Lázaro y la ciudad, poco a poco, fue cediendo a su ritmo.
El ascenso por la calle del Riego dejó las primeras imágenes de peso: la Despedida, Jesús en su Tercera Caída, la Virgen de la Amargura. Rostros serios, miradas fijas, aceras llenas. Todo en su sitio. Como si nada hubiera cambiado y, sin embargo, todo pesara un poco más.
En Iglesia de Santiago el Burgo la procesión volvió a detener el tiempo por un instante. Después, el avance hacia la Plaza Mayor de Zamora, ese escenario donde Zamora se mira a sí misma sin disimulo. Allí, la plaza —otra vez desbordada— guardó silencio. Un silencio antiguo, espeso, que no se pide porque ya pertenece al lugar. Las bandas marcaron el compás y el coro tomó la palabra en forma de música, apretando gargantas y confirmando que hay emociones que no se desgastan por mucho que repitan.
El último tramo llevó a la Hermandad por calles más estrechas, donde todo se vuelve cercano, casi doméstico. Pero este año el final no esperaba donde solía. La cofradía había decidido cambiar el cierre, buscar otro modo de concluir, más recogido, más acompañado.
La Plaza de Santa María la Nueva fue el destino elegido. Allí, lejos del final abierto de otros años, la procesión encontró un desenlace distinto. Más cuidado. Más consciente.
El coro de la Hermandad, junto a la Banda de Zamora, puso voz al cierre con una nueva composición firmada por David Rivas y con letra de Agustín Montalvo. Una pieza pensada para este momento, para dejar claro que el recorrido había terminado, pero no de cualquier manera.
Hermanos de paso y de acera compartieron ese último instante, arropados, sin prisas, como quien entiende que hay finales que también cuentan la historia y que la muerte nuncaserá el final de la vida. Y esta vez, sí, la historia se contó entera. Sin interrupciones. Sin nubes imponiendo condiciones. Como hacía tiempo que no ocurría.
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