La ciudad y la madrugada que no se olvida: Merlú, cruces y laval negro

A las cinco de la madrugada, Zamora implosiona. Entre cruces, hachones y Merlú, la ciudad se detiene para acompañar a Jesús Camino del Calvario y a la Virgen de la Soledad en su paso hacia Tres Cruces

Procesión de Jesús Nazareno
Procesión de Jesús Nazareno | Víctor Garrido

Existe un momento en el que Zamora implosiona. Ocurre en la iglesia de San Juan y sus aledaños en la madrugada del Viernes Santo, cuando los vivos y los muertos acudimos a la llamada del Merlú y acompañamos a Jesús Camino del Calvario y a la Virgen de la Soledad al crucero de piedra que se mantiene en pie en la ciudad del siglo XXI, allá donde los niños de Pantoja jugaban al fútbol en un descampado que sólo permanece en la memoria.

El reloj marca las cinco y el Merlú resuena en el templo para levantar el "Cinco de Copas" con la primera interpretación de la marcha fúnebre de Thalberg, la que nos acompasa el corazón todo el año. Quién le iba a decir al compositor suizo que sus acordes se convertirían en el himno oficioso de los zamoranos, que una pequeña ciudad española, al oeste del oeste, vibraría entre sus pentagramas; que su música sostendría miles de almas cuando la ciudad estalla en los alrededores de San Juan y la Plaza Mayor antes del amanecer.

Jesús inicia su camino hacia las Tres Cruces —este año ya sin contratiempos, compensando la durísima carrera de sus cargadores el pasado— y se produce entonces ese momento único, mágico, en que Zamora revienta. Miles de cruces se alzan al cielo, resuenan en las voces las turbas que condenaron a Cristo y la Banda de cornetas y tambores rompe la madrugada. La Congregación está en la calle. Existe un momento en el que Zamora implosiona. Es éste.

Es su madrugada, la de los cargadores que nunca perdieron su vocación, la ofrenda, el orgullo de llevar sobre sus hombros distintas secuencias de la Pasión de Cristo y a nuestras imágenes más queridas: primero La Caída, tras el Cinco de Copas, con su hermoso Nazareno que nos contempla con la rodilla hincada en la tierra; más allá Redención, obra maestra de Benlliure; más allá Las Tres Marías y San Juan de Hipólito, con paso rotundo, tan firmes hacia la Cruz. Les seguía La Verónica en un jardín de rosas blancas y rosas, dibujando verónicas en la madrugada con el precioso sudario nuevo regalado por el pintor Javier Carpintero; y tras sus pasos el Nazareno de la Congregación, el de Pedrero, con su pie descalzo sobre flores nazarenas y su mano extendida.

Ya después, las escenas más dolorosas en el camino hacia el monte de la calavera, que en Zamora se llama Tres Cruces: la Desnudez, la Crucifixión, la Elevación en la Cruz y la Agonía. Escenas que año tras año pasan ante los zamoranos y las miles de personas que se agolpan en las aceras para que nunca se nos olvide que hubo un Hombre que dio su vida por todos los hombres. Jesús, aquel que llamaban el Nazareno. Pasión entre dos luces cuando comienza a clarear y asoma, cubierta de hermosura, luto y oro, la Virgen de la Soledad, la zamorana más querida, la que guarda a Zamora entre sus dedos. Ella.

No hay estampa más bonita que la de Zamora convertida en un bosque de cruces. Es la noche, la madrugada más bonita, más mágica; más que la del seis de enero, más que la del día de la boda. Muchos quizá no entiendan este contraste, el dolor de la Pasión, la alegría de una ciudad que resucita, pero a la vez acompaña a Cristo a la Cruz. En Zamora sabemos de cruces. Pero soy yo la que no entendería a Zamora sin esta madrugada.

Existe un momento en el que la ciudad implosiona, estalla hacia dentro, a su corazón, de pura fuerza. Ocurre a las cinco de la madrugada del Viernes Santo. Jesús sube hacia el Calvario, Zamora escribe el Evangelio según el pueblo.

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