En tus manos, Soledad: el legado de fe de abuelas a nietas
Me tomo la licencia de narrar esta procesión desde un lugar muy personal. Soy hermana de la cofradía y hoy camino tras la Virgen de la Soledad junto a mi tía, pero en cada paso llevo también la memoria de mi abuela Teresa, la Tere, mi abu que nunca salió en procesión pero me enseñó a quererla y respetarla con toda la intensidad de su devoción
Mi abuela Teresa nunca salió en procesión, pero me enseñó a querer a la Virgen de la Soledad con la intensidad de quien sabe que la devoción se transmite de generación en generación. Vivíamos en la calle de las Damas y ella, mujer de Ángel el cojo, me hablaba del luto sencillo de la imagen, de que solo tenía cara y manos y de su devoción en forma de llavero y estampa que siempre llevaba con ella.
Allí, en el corazón del casco antiguo cada Sábado Santo se producía el mismo ritual. Las capas lucían planchadas en el perchero de la entrada, las tulipas boca abajo sobre un paño en la cocina para su máximo esplendor y los trucos para que la cera no se pegase cuando la parafina aún no era una palabra de la Pasión.
Hoy, ya adulta, camino junto a mi tía, y en cada paso siento que ella camina conmigo, invisible pero presente, sosteniéndome el corazón.
Zamora cambia de nombre cada Sábado Santo. Hoy, esta tarde, se llama Soledad. Las campanas resuenan en las calles y los hilos de luz del atardecer bañan la ciudad mientras miles de mujeres seguimos el cortejo. Su luto sencillo no necesita adornos; basta su presencia para detener el tiempo y hacer que toda la ciudad contemple su dolor y su amor.
A lo largo del recorrido, las aceras se llenan de miradas y silencios. Hay quienes no pueden estar, los que la observan desde pantallas o recuerdan procesiones pasadas, y todos sienten lo mismo: la Virgen los acompaña, los escucha, los abraza desde su paso. La devoción que mi abuela me enseñó se mezcla con la de cada persona que la sigue, en un gesto colectivo que hace sentir la fuerza de la fe popular.
Este año, un instante inesperado rompió aún más el corazón de quienes caminábamos tras Ella: Ainhoa Arteta cantó a la Virgen al inicio de la procesión, y su voz llenó la ciudad de una emoción que parecía detener el aire.
La Virgen avanzó por las calles de siempre, escoltada por la banda, por la policía y por los hermanos de Mérito, mientras los pétalos y las flores adornaban su camino. Cada paso era un diálogo silencioso, un recuerdo de aquellos que ya no pueden caminar con nosotros y de quienes nos enseñaron a mirar, rezar y acompañar. Su rostro, sereno y dulce, nos habla de consuelo, de paciencia y de amor.
Al llegar a la Plaza Mayor, mientras se entonaba la Salve, ocurrió el instante que nunca se olvida. Miles de tulipas se elevaron al cielo como estrellas en la tierra, siguiendo el caminar de la Virgen, devolviéndole su nombre y su presencia. Y en ese momento, sentí de nuevo a mi abuela, la Tere a mi lado, orgullosa de que yo siga su herencia, emocionada de que la devoción de generaciones no se pierde.
Hasta el año que viene, Madre, Vida, Dulzura.
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