La procesión que camina hacia el cementerio: el origen más sobrecogedor de la Semana Santa de Zamora
Nacida para recordar a los difuntos, esta hermandad transformó el dolor en uno de los actos más emotivos de la Pasión
En Zamora hay una procesión que no solo recorre calles, sino también memoria. La de Jesús Luz y Vida, hoy imprescindible en la antesala de la Semana Santa, nació con un propósito tan singular como conmovedor: homenajear a quienes ya no están.
La idea surgió en 1987, cuando el periodista Manolo Espías lanzó en pleno pregón oficial la propuesta de crear una nueva cofradía dedicada a los fallecidos que habían hecho posible la Semana Santa zamorana. Aquella iniciativa caló de inmediato.
Un año después, en 1988, la hermandad quedaba oficialmente fundada, y en marzo de 1989 salía por primera vez a la calle en el Sábado de Lázaro. No era una fecha cualquiera: simbolizaba la resurrección y reforzaba el mensaje de esperanza frente a la muerte.
Sin embargo, su encaje dentro del calendario tradicional requería ajustes. En 1993, la procesión se trasladó al Sábado de Pasión, buscando una mejor integración con el resto de cofradías. Un año más tarde, en 1994, se incorporaba oficialmente a la Junta de Semana Santa, consolidando su lugar.
Pero lo que realmente la hace única es su recorrido. Parte de la Catedral de Zamora para dirigirse al cementerio de San Atilano, donde tiene lugar uno de los momentos más impactantes: una oración y ofrenda por los difuntos ante un crucero levantado por la propia hermandad.
No es solo una procesión, es un acto de recuerdo colectivo. De hecho, su compromiso va más allá de la Semana Santa: cada mes de noviembre, la imagen y el pendón de difuntos se trasladan al cementerio, participando en los actos del Día de los Fieles Difuntos.
La más joven de las cofradías zamoranas ha logrado, en apenas décadas, convertirse en una de las más emocionales, demostrando que la Semana Santa también es memoria, ausencia y esperanza.
Fuente: Junta Pro Semana Santa
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