VÍDEO | 85 años de penitencia: el Yacente y una ciudad que aprendió a sentir en latín

La Penitente Hermandad de Jesús Yacente enmudece a la ciudad en un silencio roto por la magnificencia del Miserere

Procesión del Yacente
Procesión del Yacente | Víctor Garrido

Estameña blanca y fajín morado. El Yacente ya está en la calle. El Tránsito se hizo testigo de la salida de la Penitente Hermandad de Jesús Yacente. Luces apagadas para uno de los momentos cumbres de la Pasión zamorana.

Son los caperuces más altos de la Semana Santa como muestra de la grandeza de una hermandad que escenifica la austeridad, el respeto y el recogimiento que hacen que Zamora sea un referente único.

Las empedradas calles hacen de escenario perfecto en su caminar. Las pesadas cruces de penitencia son la banda sonora de una noche acompasada por el trasiego de los hachones. Los ojos de los penitentes se convierten en cavidades negras en las que mirarse y reflexionar.

Allí, en el Arco de Doña Urraca, seguido por cientos de miradas, el Cristo Yacente se mece como ninguna otra imagen. Su agónica expresión, flanqueada por los cirios rojos, enmudece a quien lo contempla, incluso al agnóstico más convencido.

El recorrido es largo antes del momento cumbre de este 2026. La calle Moreno lo hace aún más íntimo, y la rúa de los Francos lo conduce ya hasta la atestada Plaza Viriato, alejándose del murmullo lejano del tradicional Botellón de San Martín.

La cabeza del recorrido llega a la plaza. “Ya llegan: mira”, le susurra un hijo a su madre, afortunados por contar con la herencia más zamorana que existe: el amor por nuestra Pasión.

Las filas de hermanos comienzan a dibujar el abrazo más estético que cada Semana Santa se produce en la ciudad. Se escuchan los tambores, y el Cristo Yacente comienza a mecerse entre muros y árboles entrelazados.

Ensayos y una cuidada sincronización: “Miserere mei, Deus: secundum magnam misericordiam tuam.” El latín se convierte en lengua materna y los zamoranos se hacen bilingües entre el idioma de la tradición y la fe.

Ocho minutos en los que se escucha un alma… la de la Semana Santa de Zamora, que un año más se encumbró entre el hábito blanco y el rojo de un corazón que late al mismo compás en la noche de Jueves Santo.

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