Noche solemne en torno al Cristo de la Buena Muerte

Con la luz de las teas como única iluminación, el reguero de penitentes fue abriéndose camino por las empedradas calles de la capital zamorana acompañando al Santísimo Cristo de la Buena Muerte.

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Medianoche en Zamora. La iglesia de San Vicente ve salir de sus entrañas a los tres centenares de hermanos que acompañarán al Cristo de la Buena Muerte por las calles de la capital zamorana durante más de dos horas. Todavía resuenan los tambores de cierre de la Tercera Caída cuando las primeras sandalias franciscanas de los penitentes de la Buena Muerte empiezan a pisar la calle.

El respetuoso silencio permite escuchar el chisporroteo de las teas mientras el fuego las va consumiendo poco a poco. La bajada por Balborraz supone uno de los puntos mágicos del recorrido. El reguero de penitentes se abre camino por esta llamativa arteria de la ciudad que comunica la Plaza Mayor con los barrios bajos.

La Plaza de Santa Lucía y el ‘jerusalem, jerusalem’ mantienen el fervor al máximo. Nadie respira, solo escucha. Al terminar, el silencio solo se quiebra ligeramente con el sonido que produce el giro marcial de todos los hermanos para enfilarse hacia la salida. Desde ahí, una espiral de calles angostas, estrechas y empedradas que ofrecen un mayor magnetismo a quien ve la procesión desde el recogimiento.

Queda el tercer punto mágico, el paso del Cristo de la Buena Muerte por el arco de Doña Urraca. Cientos de personas se agolpan en la zona para vivir el momento en primera persona. Desde ahí, y hasta el templo de salida, apenas unos metros en los que los hermanos meditan pidiendo salud para acompañar dentro de un año al Cristo de la Buena Muerte.

Fotografía: Sofía Villar.

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