El Museo de Zamora inaugura mañana la exposición ‘Gallego Marquina en Zamora’

El Museo de Zamora inaugura mañana la exposición ‘Gallego Marquina en Zamora’

La sala de exposiciones temporales del Museo de Zamora acoge desde mañana, viernes, y hasta el próximo mes de septiembre, la muestra del pintor zamorano. Zamora y sus protagonistas, Castilla y sus tipos humanos fueron elementos de reflexión constante en la obra de Jesús Gallego Marquina (Zamora, 1900-Barcelona, 1987); una inclinación argumental persistente y reveladora del especial vínculo que existía entre el pintor, también poeta, y su tierra, una memoria íntima que le acompañaría siempre, allí donde estuviese, inasequible al olvido. “Lejos de ti, mi Duero a quien la vida tengo atada con lazos de ternura, siento hincada la dura flecha de tu nostalgia y en la herida, con sádico deleite, la memoria halla placer, palpando persistente en el ayer ausente…”, según refleja el díptico de la exposición.

Paisaje castellano

Incluso desde su traslado a Barcelona, en la década de 1940, continuó pintando un paisaje, el castellano, que sentía como parte de sí mismo. Imágenes de una naturaleza delimitada culturalmente por la convivencia con seres humanos concretos, que revelaban la relación sentimental del artista con un espacio natural y urbano preciso.

El paisaje castellano, símbolo de la regeneración ideológica que plantea la plástica vinculada a los escritores del 98, y el desarrollo de una temática de tipos populares portadores de un espíritu genuino y natural, que propugna la pintura regionalista, son expresiones de un realismo genérico, muy presentes en el inicio del siglo XX, que enmarcan el modo de hacer de un hombre identificado con su tierra.

Tras su formación académica en Madrid y en Italia, en 1926 el pintor instala su estudio en Zamora, junto al río Duero, en el barrio de Olivares, y desarrolla en ese entorno suburbano y peculiar su actividad artística, sin que ello le impidiese mantener relación con intelectuales y artistas de la talla de José Ortega y Gasset, Manuel Gómez Moreno, Miguel de Unamuno o Mariano Benlliure, o exponer individualmente, en 1929, en el Museo de Arte Moderno en Madrid. De su implicación por aquellos años en la vida cultural de su ciudad es ejemplo su integración en la Coral Zamorana del maestro Haedo.

Su dedicación a la docencia le lleva a dejar Zamora -con estancias sucesivas en Béjar, Salamanca y Madrid- en la década de 1930, época en la que se incrementa su interés por las manifestaciones culturales de las clases populares y se ve impulsado a colaborar en iniciativas progresistas como las Misiones Pedagógicas, expresión del afán de la intelectualidad republicana por mejorar la educación de la población más humilde del entorno rural. Su amistad personal con el dramaturgo Alejandro Casona o con el musicólogo Eduardo Martínez Torner manifiesta su identificación con el espíritu “misionero” y su estima de la tradición y la cultura popular.

Cárcel

Tras más de dos años en la cárcel después de finalizar la Guerra Civil por su pasado republicano, y habiendo perdido su plaza de profesor de dibujo de instituto, rehace su vida en Barcelona ayudado por antiguas amistades zamoranas que, como Julio Prieto, le facilitan inestimables contactos entre la alta burguesía catalana. Reanuda su actividad artística y retoma su dedicación a la enseñanza, inicialmente en centros privados hasta que en 1960 le es restituida su plaza de docente de instituto. Al contrario de lo que cabría esperar, sus lazos con su tierra no se debilitarán nunca, estrechándose con repetidas estancias estivales por razones de salud en Medina de Rioseco y en Zamora, Toro y Sanabria. Durante esa época surgen nuevas amistades, como la de la familia Almendral.

A lo largo de tantos años de actividad, en los que se reconoce la influencia de Gutiérrez Solana, Arteta, Regoyos o García Lesmes, y a pesar de la constancia de una temática tan definida, es apreciable en la obra de Jesús Gallego Marquina una progresiva suavización de su estilo y una desactivación paulatina del componente ideológico de su trabajo, elementos comunes en la práctica de la pintura de paisaje en las décadas posteriores a la Guerra Civil. Existe un desplazamiento paulatino hacia posiciones más moderadas desde un estilo inicial enérgico, de dibujo y pincelada fuertes y efectos cromáticos atrevidos, especialmente visible en algunos retratos y pintura de tipos populares, de aspecto heroico, que ahonda en la dignidad del representado, estilo que se prolonga hasta finales de los años 40 en una línea de desarrollo de una sensibilidad regionalista de potente expresividad. De manera notoria, desde la década de 1950 se aprecia su interés por los aspectos lumínicos del paisaje de tradición tardoimpresionista, al tiempo que relaja el carácter de sus figuras y da un enfoque más clásico a sus retratos, otorgando a su pintura un cariz nostálgico cada vez más acusado.

Las obras exhibidas ahora en el Museo de Zamora, procedentes todas de colecciones zamoranas, son fiel reflejo de la obstinada relación pictórica del pintor con su tierra y suponen un espléndido testimonio de la evolución de una sensibilidad poética al compás de los avatares de la vida. Pero, además, la muestra temporal presenta la generosa donación realizada al museo por Ana Isabel Almendral Oppermann, compuesta por obras íntimamente ligadas a la donante y a la zamorana familia Almendral, y permite entrever las relaciones humanas que alimentaban el recuerdo imborrable de Zamora en Jesús Gallego Marquina, según exponen las mismas fuentes.

La exposición puede visitarse de 19.00 a 21.00 horas, de martes a viernes; de 12.00 a 14.00 y de 17.00 a 20.00 horas, los sábados, y de 12.00 a 14.00 horas, los domingos.

 

 

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