La Virgen de la Saleta abandonaba la Iglesia de San Torcuato ya con el sol escondido en el horizonte, tras la celebración de la eucaristía. Acompañada de sus fieles, realizó su recorrido procesional iluminando las calles más transitadas de la ciudad, confiriéndole un hálito de fe y solemnidad a la tarde del sábado.