Hay edificios que forman parte del paisaje de una ciudad hasta el punto de que cuesta imaginar cómo era ese lugar antes de que estuvieran allí. El Claudio Moyano es uno de ellos. Hoy se encuentra integrado en una de las zonas más transitadas de Zamora, pero cuando se decidió levantar el instituto, llegar hasta allí significaba alejarse del núcleo urbano y adentrarse en un paisaje de viñas, caminos y terrenos todavía sin urbanizar.
La diferencia entre aquel paisaje y el actual resulta difícil de imaginar. La finca elegida para construir el nuevo instituto estaba destinada al cultivo de la vid y se encontraba junto al entonces cuartel Viriato. La elección del emplazamiento generó polémica precisamente porque quedaba lejos de la ciudad. La documentación histórica del propio centro señala que Zamora todavía no había planteado con claridad su expansión urbanística, aunque aquella zona acabaría convirtiéndose en uno de sus principales espacios de crecimiento.
El Claudio Moyano fue, en cierto modo, un edificio adelantado a una ciudad que todavía no había llegado hasta él.
En 1902, el entorno no se parecía en nada al que hoy rodea la avenida de Requejo. El nuevo instituto quedó situado en una amplia zona de descampados. Cerca estaban el barrio Peña y el barrio de la Candelaria, mientras que otras partes del terreno seguían ocupadas por viñas. La propia historia del centro cita también la llamada "Casa de la Guarda", que no se construiría hasta 1910.
Un recuerdo publicado décadas después permite hacerse una idea todavía más precisa de aquel paisaje. La zona que hoy está densamente edificada conservó durante mucho tiempo grandes solares y explanadas. En los terrenos donde actualmente se levantan edificios y equipamientos todavía había viñas, mientras que la avenida de Requejo era entonces la carretera de Tordesillas.
La transformación fue progresiva. El propio emplazamiento del instituto terminó funcionando como una especie de anuncio de lo que estaba por venir. Un estudio sobre el patrimonio del Claudio Moyano señala que su construcción supuso un impulso decisivo para el ensanche de Zamora hacia el este. La ciudad comenzó a mirar hacia una zona que hasta entonces había quedado al margen de su núcleo consolidado.
Un instituto en medio de una ciudad que aún no existía
La elección del solar no fue sencilla. Antes de decidirse por aquellos terrenos se habían barajado otros emplazamientos, entre ellos una zona próxima a la ermita del Carmen. Finalmente se optó por una finca de viñas situada junto al cuartel Viriato. La prensa zamorana de la época llegó a hacerse eco de la discusión sobre dónde debía levantarse el nuevo centro.
La paradoja es que lo que entonces parecía demasiado lejos acabaría convirtiéndose en uno de los puntos de referencia de la expansión urbana de Zamora.
El proyecto fue encargado al arquitecto Miguel Mathet y Coloma y la primera piedra se colocó el 29 de junio de 1902, en un acto de gran repercusión política y social al que acudieron el ministro de Instrucción Pública, el conde de Romanones; el subsecretario Federico Requejo y el rector de la Universidad de Salamanca, Miguel de Unamuno.
Para entonces, sin embargo, el futuro instituto era prácticamente una pieza aislada en aquel paisaje. El gran edificio estaba llamado a convertirse en uno de los nuevos equipamientos que acompañarían la expansión de la ciudad, pero todavía faltaban muchos años para que las calles y las viviendas alcanzaran el lugar.
Diecisiete años de espera
Entre aquella primera piedra y la inauguración oficial transcurrieron 17 años.
El edificio fue entregado a la Diputación en 1909, pero permaneció sin funcionar como centro educativo durante una década. No fue hasta el 27 de enero de 1919 cuando comenzaron las clases en las nuevas instalaciones. La inauguración oficial llegaría meses después, el 1 de octubre de 1919.
Cuando el instituto abrió definitivamente sus puertas, el paisaje exterior ya empezaba a cambiar, aunque todavía estaba muy lejos de parecerse a la Zamora actual.
El edificio acabaría sobreviviendo a ese proceso de transformación. La ciudad creció alrededor del instituto hasta hacer desaparecer buena parte de aquel paisaje de viñas y descampados que había provocado tantas dudas sobre su emplazamiento.
Hoy resulta difícil encontrar en sus alrededores la imagen de aquella Zamora de 1902. Pero el Claudio Moyano sigue ocupando el mismo lugar. El edificio que entonces parecía estar demasiado lejos terminó quedando, con el paso de las décadas, completamente incorporado a la ciudad.
Y quizá esa sea una de las particularidades más interesantes de su historia: el instituto no se construyó en una ciudad que ya había decidido crecer hacia allí; contribuyó a que Zamora acabara creciendo precisamente en esa dirección.



