El cine español despide este jueves a Manolo Solo, uno de los actores más respetados y reconocibles de su generación. El intérprete ha fallecido a los 62 años a consecuencia de un cáncer, según ha confirmado la Academia de Cine, poniendo fin a una carrera de más de treinta años marcada por la versatilidad, el teatro y decenas de personajes inolvidables en la gran y la pequeña pantalla.
Aunque su nombre quedó ligado para siempre a películas como Tarde para la ira —por la que obtuvo el Goya al Mejor Actor de Reparto—, La isla mínima, El laberinto del fauno, Cerrar los ojos o El buen patrón, su carrera también mantiene un vínculo especial con Zamora gracias a Celda 211, una de las producciones más premiadas y aclamadas del cine español.
En la cinta dirigida por Daniel Monzón, rodada en gran parte en la antigua cárcel provincial de Zamora, Manolo Solo interpretó a José María Roca, el director de la prisión, un personaje que forma parte del arranque de una historia que acabaría conquistando ocho premios Goya y convirtiéndose en una referencia del thriller español. La antigua prisión zamorana se transformó durante semanas en el escenario principal del motín encabezado por Malamadre, interpretado por Luis Tosar.
Para Zamora, Celda 211 supuso uno de los rodajes cinematográficos más importantes de su historia reciente. La ciudad y su antigua cárcel se convirtieron en un plató que dio proyección nacional a un edificio cargado de simbolismo, hoy desaparecido, y permitió que numerosos vecinos siguieran de cerca una producción que acabaría convirtiéndose en un fenómeno cinematográfico.

Natural de Algeciras, aunque criado en Andalucía, Manolo Solo construyó una carrera alejada del estrellato convencional, convirtiéndose en uno de esos actores capaces de engrandecer cualquier película desde personajes secundarios. En televisión también dejó huella en series como 30 monedas, El Ministerio del Tiempo o, más recientemente, Anatomía de un instante.
Su fallecimiento deja huérfano al cine español de uno de esos intérpretes imprescindibles que nunca necesitaban ocupar el primer plano para convertirse en inolvidables. Y en Zamora, además, permanecerá el recuerdo de aquel rodaje que convirtió la antigua prisión en uno de los escenarios más icónicos del cine español y del actor que dio vida a su director en la ficción



