Corría el verano de 2010 y España vivía instalada en una ilusión desconocida. Nunca antes la selección había disputado una final de un Campeonato del Mundo y el país entero se preparó para una cita que iba mucho más allá del deporte. El "Waka Waka" de Shakira se convirtió en la banda sonora de aquellas semanas, las camisetas rojas inundaban las calles y cada conversación terminaba inevitablemente hablando de Villa, Xavi, Casillas o Iniesta.
En Zamora la expectación fue enorme desde primera hora del domingo. El Ayuntamiento decidió instalar una pantalla gigante en la Plaza Mayor para que cientos de aficionados pudieran seguir juntos el encuentro frente a Países Bajos. Familias enteras, grupos de amigos y peñas comenzaron a ocupar el ágora mucho antes del pitido inicial, convencidos de que aquella podía ser una noche histórica.
Sin embargo, los nervios no llegaron únicamente por culpa de Robben o de la dureza del conjunto neerlandés. La tecnología jugó una mala pasada.
El transformador que alimentaba la pantalla gigante comenzó a fallar en varias ocasiones durante el partido. La imagen desapareció varias veces, generando protestas e incertidumbre entre los asistentes. Muchos aficionados, cansados de los cortes y temiendo perderse el desenlace del encuentro, decidieron abandonar la Plaza Mayor para refugiarse en bares cercanos o regresar a sus casas.
Los problemas técnicos provocaron que el ambiente se enfriara durante algunos minutos, aunque finalmente la señal pudo recuperarse antes del desenlace definitivo. Y entonces llegó el minuto 116.
Una combinación entre Cesc Fàbregas e Iniesta terminó con el manchego controlando dentro del área y fusilando a Stekelenburg. España era campeona del mundo por primera vez.
El grito fue unánime. Quienes permanecían en la Plaza Mayor estallaron de alegría, abrazándose con desconocidos, saltando, llorando y agitando las banderas mientras sonaba el ya inolvidable "¡Iniesta de mi vida!". También quienes habían seguido el encuentro desde bares o domicilios salieron inmediatamente a la calle para compartir una celebración que, durante unos minutos, hizo desaparecer cualquier diferencia.
Como ocurre con las grandes noches deportivas en Zamora, la fiesta no tardó en desplazarse hasta la fuente de la Plaza de La Marina.
Ese lugar, convertido desde hace décadas en el punto de encuentro de las grandes celebraciones deportivas de la ciudad, volvió a llenarse de aficionados. Cientos de personas se concentraron allí entre cánticos, bocinas, bengalas, bufandas y camisetas de la selección. Muchos acabaron subiéndose a la fuente o incluso bañándose en ella mientras la Policía Local intentaba ordenar una celebración que se prolongó durante horas.
Pedidas de mano, familias abrazadas, amigos llorando en un crisol de emociones. Desde el menos futbolero, hasta el más creyente se dieron la mano en una noche en la que España latió en un solo corazón.
Las imágenes de aquella noche siguen formando parte de la memoria colectiva de varias generaciones de zamoranos. No sólo por el título conseguido, sino porque fue una de esas pocas ocasiones capaces de unir a toda una ciudad alrededor de una misma emoción.
Dieciséis años después, el fútbol vuelve a regalar otra oportunidad. España disputará una nueva final mundialista y Zamora volverá a reunirse para vivirla colectivamente. Esta vez la pantalla gigante estará instalada en la Plaza Mayor con la experiencia de aquella noche de 2010 todavía muy presente. Muchos de los niños que entonces celebraban el gol de Iniesta sobre los hombros de sus padres acudirán ahora como adultos. Otros llevarán a sus propios hijos para enseñarles dónde estaban cuando España conquistó el mundo.
Porque este domingo puede escribirse otra página de la historia. Pero, pase lo que pase, ningún zamorano olvidará aquella noche de julio de 2010 en la que el "Waka Waka" dejó de sonar para dar paso al grito que aún resuena dieciséis años después: "¡Somos campeones del mundo!".




