Hoy, 13 de mayo, se celebra el Día Mundial de Afectados por las Vacunas de la COVID, que pone el foco en una realidad apenas tratada pero que también existe: la de aquellos que sufrieron graves secuelas tras la vacunación en la pandemia. Historias minoritarias en comparación con el impacto global de una campaña que ayudó a salvar muchas vidas, pero que también buscan su espacio porque el sufrimiento que padecen desde aquella inoculación persiste.

En Zamora, Sara Fernández es una de las abanderadas en esta lucha: buscan reconocimiento médico, institucional y social. Hasta hace cinco años ejercía como trabajadora social tratando con pacientes oncológicos y paliativos. Pero la segunda inoculación de la dosis de AstraZeneca cambió su vida en mayo de 2021. Ahora convive con una esclerosis múltiple secundaria progresiva activa cuyo diagnóstico definitivo tardó casi cuatro años y medio en llegar.
Sara relata que la enfermedad continúa activa, aunque de momento no ha avanzado: "El último tratamiento ha estabilizado un poco la enfermedad. No me han salido más lesiones y, dentro de lo que cabe, eso es una buena noticia", explica. Sin embargo, advierte que la enfermedad —de carácter degenerativo— seguirá su curso a medio plazo y tendrán que probar nuevos tratamientos: "Es ir jugando un poco con la ciencia y con el cuerpo de cada uno".
Si algo caracteriza a esta zamorana de 36 años es la sinceridad a la hora de dar su testimonio y exponer sus reivindicaciones: considera que esta jornada no ayuda a dar voz a su problema. "Hay un día para los afectados por la vacuna, pero no vemos que las instituciones ni los organismos competentes estén con nosotros. Somos como esos restos que han quedado ahí y no nos están dando ningún tipo de cobertura".
Afortunadamente, existen redes de apoyo entre los propios enfermos a través de la creación de asociaciones. Fernández colabora con ATEAVA, ADAVaCo y Sevaco, y así mantiene contacto con decenas de personas que atraviesan una situación similar. La falta de visibilización, las dificultades para obtener un diagnóstico claro y las desigualdades de tratamientos entre comunidades autónomas son sus principales reivindicaciones.
"Queremos visibilizar que existimos y lograr diagnósticos. Hay compañeros en Barcelona que están recibiendo tratamientos nuevos o con células madre a los que otros no tenemos acceso", lamenta. Recalca que no deberían existir esas diferencias: "Dependiendo de dónde vivas puedes tener más opciones o quedarte completamente bloqueado".
La zamorana también denuncia la falta de protocolos específicos para llevar a cabo estos diagnósticos y pone como ejemplo su propio peregrinaje médico: "A mí estuvieron años diciéndome que tenía ansiedad", recuerda. Finalmente, tuvo que recurrir a la sanidad privada, donde, a través de una resonancia cerebral, se le detectaron las lesiones desmielinizantes que llevaron a la esclerosis múltiple de la que fue diagnosticada.
En este sentido, Sara Fernández pone el foco también en las diferencias de género que existen en el proceso médico: "Las mujeres nos estamos quejando de diagnósticos tardíos por centrarse en temas psicológicos o psiquiátricos". Indicó que entre las mujeres han predominado las enfermedades neurológicas o la fibromialgia, mientras que en hombres se han detectado más casos de ictus, infartos o pericarditis.
A todo este dolor físico, se ha sumado el que Sara considera uno de los aspectos más duros: el estigma social. "Se ha malinterpretado nuestro discurso desde el minuto uno. Nos llamaban antivacunas o incluso terraplanistas", relata. Ella insiste en que su testimonio no busca cuestionar la vacunación masiva, sino reclamar atención para quienes han sufrido graves efectos tras su inoculación: "Lo que estoy pidiendo es que el Estado se haga cargo de lo que está pasando".
Cinco años después de que comenzara esta pesadilla para Sara, el balance que hace, sin cortapisas, es demoledor. "Una mierda de balance", responde sin rodeos mientras afirma que "cuando ya has perdido todo, te da igual hablar". Argumenta también que el retraso en su diagnóstico pudo favorecer la progresión de la enfermedad.
Además del deterioro físico, ha tenido que enfrentarse a problemas judiciales, laborales y económicos. "El nivel de estrés que sufrimos los enfermos es brutal. Hay miembros de las asociaciones que han muerto, incluso se han suicidado. Psicológicamente es muy fuerte", expresa.
Pese a todo, Sara tiene algo que le ayuda a continuar en este camino: exponer públicamente su historia para que la sociedad conozca el problema que padecen y para que otros afectados no se sientan solos como un día le ocurrió a ella. La zamorana aprovecha este espacio para condensar en una frase estos años de sufrimiento: "Seguimos muy deteriorados y marginados". Por este motivo, bajo el amparo que les da la unión de las asociaciones, reclaman —con más fuerza en un día como hoy— esa investigación, recursos y reconocimiento con el objetivo de poder mejorar su calidad de vida.




