Zamora volvió a ponerse la máscara para mirar al pasado y convertir el centro de la ciudad en un escenario de color, ruido y tradición. Cientos de personas salieron en la tarde de este sábado a las calles para encontrarse con unos personajes capaces de arrancar sonrisas a gente de todas las edades, incluso a quienes conocen de sobra sus ritos. Cencerros, tambores y gritos tomaron el casco histórico de la ciudad con motivo del XV Festival de la Máscara.
Desde las 18:00 horas, 33 mascaradas y cerca de 500 participantes recorrieron la capital desde el Parque de la Marina hasta la Plaza de Viriato. A su paso, los asistentes observaban e incluso participaban de un espectáculo en el que cada traje, personaje y movimiento tienen una historia.
Las mascaradas portuguesas volvieron a tener un protagonismo especial. Diez agrupaciones, procedentes principalmente del distrito de Bragança, cruzaron la frontera para compartir sus caretos, chocalheiros y otros personajes, demostrando una vez más que estas tradiciones mantienen muchos vínculos a ambos lados de la frontera. También llegaron representantes de Cáceres, León, Segovia o Asturias, cada uno con sus propios sonidos, indumentarias y formas de celebrar.
Pero el mayor peso volvió a recaer en las mascaradas de la provincia de Zamora, con catorce agrupaciones que llevaron a la capital sus zangarrones, atenazadores, cencerrones, obisparras y vaquillas. Entre ellas destacó el regreso de La Filandorra de Ferreras de Arriba, ausente durante los últimos años de esta cita. Personajes que forman parte de la memoria de muchos pueblos y que, por una tarde, abandonaron sus lugares de origen para encontrarse con cientos de personas en pleno centro de Zamora.
Fue una tarde de ruido, color y movimiento en la que el XV Festival de la Máscara volvió a demostrar que estos ritos no viven únicamente en el recuerdo. Siguen saliendo a la calle, siguen provocando risas y sorpresa y siguen reuniendo a generaciones diferentes alrededor de una tradición que se resiste a desaparecer. Por unas horas, Zamora fue territorio de máscaras y la cultura popular volvió a cobrar vida a pie de calle.



