11M-VÍDEO | Rodolfo Benito, la víctima con raíces zamoranas cuya familia transformó el dolor en memoria: “Su cuerpo ya no estaba, pero su legado tenía que permanecer”
La familia de la víctima, descendiente de Fuentesaúco por parte materna, recuerda quién era antes del atentado que marcó la historia de España
Este miércoles, 11 de marzo, se cumplen 22 años de los Atentados del 11 de marzo de 2004, la mayor masacre terrorista de la historia de España. Entre las 193 víctimas mortales estaba Rodolfo Benito Samaniego, ingeniero industrial y descendiente por parte materna de una familia de Fuentesaúco, en la provincia de Zamora.
Su historia, reconstruida a partir de una entrevista realizada por el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo a su padre, Juan Benito Valenciano, y a su hermano, Alejandro Benito Samaniego, permite poner rostro y memoria a una de las víctimas de aquella mañana que cambió para siempre la vida de cientos de familias.
La familia vivía en Alcalá de Henares, en el corredor del Henares, donde Rodolfo y su hermano Alex crecieron prácticamente inseparables. Apenas se llevaban catorce meses y compartieron casi todo: habitación, estudios, amigos y aficiones. “Una relación más unida era imposible”, recuerda Alex. “Hacíamos todo juntos”.
Ambos estudiaron ingeniería industrial, pero Rodolfo destacaba por una curiosidad casi obsesiva por entender el mundo que le rodeaba. Su padre recuerda que desde pequeño desmontaba juguetes y coches para descubrir cómo funcionaban por dentro. “Siempre le definíamos como un gran investigador”, explica.
A pesar de su brillante carrera como ingeniero, su verdadera vocación estaba en otro lugar: la enseñanza. Le apasionaban las matemáticas y la transmisión del conocimiento. Durante sus años de universidad ayudaba a otros compañeros a estudiar y estaba preparándose para convertirse en profesor. “Hubiera sido un gran profesor”, afirma su padre. “Su vocación fundamental era transmitir conocimiento”.
Su forma de entender la vida estaba resumida en una frase que repetía a menudo, tomada del poeta romano Ovidio: “La gota horada la roca no por su fuerza, sino por su constancia”.
Quienes le conocieron recuerdan a una persona alegre, cercana y solidaria. Amante del deporte y de la naturaleza, tenía una facilidad especial para conectar con la gente, especialmente con los niños. “Íbamos por la calle y si veía a chavales jugando al fútbol se paraba; los niños venían corriendo a saludarle”, recuerda su familia.
La mañana del 11 de marzo de 2004 comenzó como cualquier otra. Su padre salió temprano de casa para trabajar en Madrid. Antes de marcharse, como hacía cada día, se despidió de su mujer y pasó por la habitación de sus hijos. Poco después, mientras escuchaba la radio en el trabajo, empezaron a llegar las primeras noticias de explosiones en trenes en Madrid, cerca de la Estación de Atocha.
Intentó llamar a Rodolfo. El teléfono sonaba, pero nadie contestaba.
Mientras tanto, su hermano Alex también escuchaba las noticias camino del trabajo. Con los datos que iban apareciendo, empezó a hacer cálculos sobre qué tren habría podido tomar Rodolfo. Todo apuntaba a la Estación de Santa Eugenia, uno de los puntos donde explotaron las bombas.
Las horas siguientes fueron de confusión y angustia. Alex se acercó a la zona, pero el acceso estaba ya acordonado por la policía. La familia empezó una búsqueda desesperada por hospitales y centros de información mientras Madrid se colapsaba entre sirenas, ambulancias y tráfico.
Finalmente, las autoridades centralizaron la atención a los familiares en IFEMA, donde centenares de personas esperaban noticias de sus seres queridos. Allí pasaron horas interminables entre la esperanza y el miedo. “El último pensamiento que yo tenía es que a Rodolfo le hubiera pasado algo grave”, recuerda su padre.
La noticia llegó de madrugada. Eran cerca de las tres cuando Alex regresó a la sala donde esperaba la familia. Apenas pudo decir una frase. La identificación se había realizado en la morgue improvisada en los sótanos de IFEMA. Sus padres no tuvieron fuerzas para bajar. “Yo quería recordar a Rodolfo como era”, explica Juan Benito.
Al día siguiente, el tanatorio de Alcalá de Henares se llenó de vecinos, amigos y compañeros de trabajo. Rodolfo era una persona muy conocida en todos los ámbitos de su vida, desde el profesional hasta el deportivo. Entre aquel ir y venir de gente surgió una decisión que marcaría el futuro de la familia.
“No podía quedar ahí”, recuerda Alex. Ese mismo día decidieron crear la Fundación Rodolfo Benito Samaniego, una institución dedicada a promover los valores que habían guiado la vida de Rodolfo: educación, convivencia, tolerancia y solidaridad, además de participar en actos de homenaje y memoria a las víctimas del terrorismo.
En su sepultura hay una placa con unos versos que escribió Ana, su pareja, que resumen cómo su familia entiende su recuerdo:
“Volverás con el primer rayo de sol de la mañana,
con el viento susurrando entre las ramas…
volverás, y en ese instante llenarás de esperanza nuestros sueños”.
Para su familia, ese regreso simbólico ocurre cada día. “Rodolfo permanece constantemente entre nosotros”, dice su padre. “Él es quien nos da fuerzas para continuar”. En este nuevo aniversario del 11-M, su historia vuelve a recordarnos que detrás de cada víctima hay una vida, un proyecto y una familia. Y también, en su caso, una raíz que conecta aquella tragedia con Fuentesaúco y con Zamora, donde su memoria forma parte también de la historia colectiva.
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