- ¿Dónde vive usted? ¿Tiene algún lugar al que ir? Tiene que ir a su casa, coger lo que necesite y marcharse, estamos evacuando el pueblo.
-No me puedo ir, tengo aquí las ovejas y no las voy a dejar. Soy de pueblo.
-Nosotros también somos de pueblo señor, pero tiene que ponerse a salvo. No deje que el fuego se le acerque y, por favor, ante todo no se juegue la vida.
-Apunte este teléfono, es mi número personal y deme el suyo. Por favor, ante cualquier cosa que necesite llámeme y le repito, no anteponga su vida.
Son las 18:30 horas del miércoles, 29 de julio. No han pasado ni cinco horas y las llamas han avanzado tan rápido que el incendio ya cubre la distancia entre Fermoselle y Palazuelo de Sayago.
Hora y media antes, desde Sardón de los Frailes ya se aprecia sobre el pantano una preocupante columna de humo que se intensifica a medida que la carretera se acerca a Fermoselle. En el margen izquierdo de la carretera se pueden ver las llamas y en Cibanal, a un kilómetro del cruce donde se sitúa el Mesón Las Tres Chimeneas, hay un vehículo de SEPRONA.

De él se baja un agente joven, pero de repente le suena el móvil: “No se preocupe señora, ahora mismo vamos”, se le escucha decir, “Apunte este número de teléfono, es mi móvil personal. Si empeora la situación, por favor no dude en llamarme; yo guardo su número y le voy llamando”, se monta en el vehículo y sale a toda velocidad en dirección a esa llamada de auxilio.
Muchos agentes siguen ese mismo procedimiento. Para ser más rápido y efectivos facilitan a la gente, sobre todo a los que deciden quedarse a cuidar sus explotaciones ganaderas, sus números de teléfono personales.
Pasando el cruce del mesón, la carretera sigue hacia Formariz. En el pueblo prácticamente no queda ya nadie, solo un señor que sale a la calle con su sombrero de paja, mira al cielo en dirección al incendio y se vuelve. Al lado un grupo de ovejas se resguardan y por la carretera contigua, que va hacia Palazuelo y Fornillos, algunos coches pasan y otros se dan la vuelta ante el temor por el incendio.

En la puerta del cementerio han parado tres vehículos, de ellos se bajan varias personas de la zona. El panorama hacia Fornillos pinta muy mal: el cielo está negro. Se acercan y hacen algunas fotos, al momento aparece un coche de la Guardia Civil y un camión de Bomberos, van hacia Palazuelo, “el incendio corre muy rápido”.
El vehículo de la Guardia Civil vuelve y les advierte que tienen que evacuar la zona, dan la vuelta y siguen la carretera hacia Muga de Sayago. En mitad del trayecto se paran en mitad de la calzada, a la izquierda se aprecia con facilidad una lengua de fuego entre el humo negro que devora todo lo que encuentra a su paso.

“Vengo a ver a mi novia que vive en Fariza”
En el cruce de Zafara, en la carretera que conecta Muga con Fariza, una patrulla de la Guardia Civil se ha colocado en el lugar: “Dé la vuelta. Solo se puede salir del pueblo, no entrar”. “Soy periodista, estoy cubriendo el incendio desde Fermoselle, ¿puedo hacerles unas fotos?”.
El agente nos lo permite, pero “con el coche dado la vuelta, por si hay que salir corriendo, las llaves localizadas y no más de diez minutos”. A su espalda, en dirección Zafara, una imponente nube de humo oculta el sol y pinta todo de color anaranjado.

En ese tiempo, múltiples coches se acercan, algunos se marchan de Fariza, que, aunque está confinada por la cercanía del incendio, muchos prefieren marcharse. Otros llegan, escuchan las recomendaciones de los agentes a regañadientes. Dan la vuelta, aceleran a tope y en un camino anterior, marchan dirección al fuego: “tenemos ganado que atender”, gritan.
“Otro que se cuela, pero no podemos hacer nada”, los agentes asumen que no pueden cubrir los innumerables caminos de la zona, pero avisan por radio.
Otro coche se acerca en dirección Fariza. “Tiene usted que dar la vuelta, está cortada la carretera”, se escucha decir al agente de la Guardia Civil, “vengo a ver a mi novia que vive en Fariza”, le cuenta el conductor.
No le convence la propuesta y el agente le recomienda no ponerse en peligro y dar la vuelta, el conductor obedece.

Al minuto se escucha por la radio, “orden de evacuación para Muga de Sayago”. Nos miramos extrañados, la columna de humo sigue siendo imponente detrás del coche de la Guardia Civil, pero en los varios kilómetros que se pueden ver desde allí a Muga de Sayago, el cielo está limpio y el incendio muy lejos.
El viento ha cambiado de dirección, y aunque sigue avanzando hacia el norte, prefieren ser precavidos.
Evacuaciones puerta por puerta
Una patrulla de Guardia Civil entra a toda velocidad por la parte noroeste de Muga de Sayago, tres agentes van dentro. Dos se bajan y uno avanza hacia el centro del pueblo usando la megafonía.
Los dos primeros advierten a un grupo de mujeres que se encuentran en la puerta de sus casas que preparen sus cosas para viajar y piensen si pueden ir a la vivienda de algún familiar o a Bermillo de Sayago, donde desde hace horas ya se encuentran otras personas evacuadas. Una de ellas sale corriendo y pide a los agentes que le ayuden, está preocupada porque tiene que viajar con una persona mayor.

Los agentes entran con ella a casa y le ayudan. A la vez, le transmiten calma, “aunque hay que evacuar, tranquila. Todavía hay tiempo. Todo esto es por prevención”. La Guardia Civil prefiere anticiparse: “Pensábamos lo mismo de los otros pueblos, que no iba a llegar el incendio y en pocas horas el fuego estaba a las puertas”.
Los dos guardiaciviles bajan por la calle llamando puerta por puerta, en algunas no hay nadie, en otras sale un hombre que se identifica como “compañero”. Le piden ayuda para saber en qué casas puede haber gente o “si conoce alguien en el pueblo que pueda necesitar nuestra ayuda”.
Siguen calle abajo y se encuentran dos coches, el primero, un hombre que ha escuchado las noticias y acude a su casa para coger sus cosas. El segundo, la conversación que se reproduce al inicio de esta noticia.
Al instante un todoterreno de la USECIC aparece en la calle para pedir ayuda a los dos agentes: “Os necesitamos en la residencia”.

En el oeste de Muga de Sayago se encuentra la Residencia San Vicente, hay decenas de residentes y 13 de ellos son personas con movilidad reducida.
En la puerta ya hay dos autobuses esperando. Previamente habían hecho guardia a la entrada del municipio junto a un monumento donde se lee ‘Mirador de Sayago’, bajo un cielo cada vez más naranja.

Junto a los dos autobuses, una ambulancia y una hilera de vehículos de la Guardia Civil se mantienen a la puerta de la residencia. Ahí los agentes empiezan a ayudar a los residentes para que se monten en uno de los autocares que los llevará a otra residencia en Zamora capital.
Sobre la residencia, el humo tapa el sol. Ancianos y agentes continúan saliendo agarrados dirección al autobús. A un lado de la puerta, se colocan aquellos que no pueden caminar y tienen difícil acceder al bus, ellos se irán en varias ambulancias que tardan tiempo en aparecer.
A contrarreloj el personal de la residencia intenta hacer control de las personas que se llevan sus familiares y aquellos que, aunque se muevan peor, quizá puedan marcharse también en autobús.
Por ello, los agentes piden una clase rápida para abrir y cerrar las sillas de ruedas. Al momento la tensión se rompe con una mujer ayudada por dos agentes que le acompañan hacia el bus. Aparece un familiar, la abraza y le dice alegremente, “qué guapo estás”.

Mientras un grupo de agentes continúan casa por casa evacuando Muga, otros van más al norte. El fuego está lejos, pero es sobre todo el humo el que amenaza los municipios de Tudera, Badilla o Argañín; por ello, se procede también a su evacuación.
Entre Muga de Sayago y Formariz la carretera sigue abierta, pero en mitad del trayecto aparecen varios coches a toda velocidad, un tractor y un vehículo de la Guardia Civil: “Da la vuelta en cuanto puedas, está saltando a la carretera”.

Cae el sol y de vuelta a Muga de Sayago los guardiaciviles siguen recomendando a los habitantes que evacuen el municipio. Algunos, los menos, se niegan a abandonar su casa, sus animales o sus explotaciones ganaderas y pasan allí la noche.
Otros, que dudaban hasta el momento, se apuran en organizar sus cosas porque ahora sí ven muy cerca las llamas.
Precisamente, es a las puertas de Muga de Sayago, donde horas después los bomberos de la Diputación logran salvar una explotación ganadera.

Cuando el incendio quede extinguido y el balance se centre en hectáreas calcinadas, viviendas salvadas o animales perdidos, será difícil reflejar en una estadística las decenas de conversaciones mantenidas aquel día al borde de las carreteras y en las puertas de las casas. Tampoco aparecerán los números de teléfono personales que los agentes entregaron para tranquilizar a los vecinos, las ayudas para subir a un autobús a quienes no podían caminar o las veces que tuvieron que repetir una misma frase: «No se juegue la vida». Porque mientras unos luchaban contra las llamas, otros libraban una batalla igual de importante: convencer a quienes se resistían a marcharse de que no había nada más valioso que regresar con vida cuando todo hubiera pasado.



