Hay historias que el tiempo no consigue cerrar. La de Miguel Fernández es una de ellas.

El 2 de septiembre de 2016, Miguel salió de casa en Gallegos del Campo, pedanía de Figueruela de Arriba, para dar uno de sus paseos habituales. Tenía 78 años. Era una rutina que había repetido innumerables veces durante los veranos que pasaba en el pueblo junto a su mujer. Aquella mañana, sin embargo, salió de casa y nunca regresó.
Este miércoles se cumplieron diez años de aquella desaparición. Una década sin una llamada, sin una pista concluyente y, sobre todo, sin una respuesta para una familia que todavía no sabe qué ocurrió con él.
La ficha de Miguel continúa activa en las asociaciones de personas desaparecidas. Tenía entonces 78 años, medía 1,55 metros, pesaba alrededor de 65 kilos y era de complexión delgada. Tenía los ojos marrones y el pelo canoso, corto y liso. El día que desapareció llevaba camisa de color caqui, gorra azul, camiseta de tirantes blanca, pantalón marrón muy oscuro y zapatos marrones.
Un pueblo entero salió a buscarlo
La desaparición puso en marcha inmediatamente un amplio dispositivo. La Guardia Civil comenzó a rastrear el entorno de Gallegos del Campo mientras los vecinos se sumaban a las labores de búsqueda.
La preocupación creció especialmente porque Miguel conocía la zona y acostumbraba a salir a caminar. Las primeras investigaciones barajaron la posibilidad de que pudiera haberse desorientado durante el paseo.
La respuesta del pueblo fue inmediata. Más de un centenar de voluntarios participaron en las primeras batidas, según recordó años después su hija, Lucía Fernández. Vecinos, familiares y distintos efectivos recorrieron caminos, monte y parajes del entorno tratando de encontrar cualquier indicio que permitiera reconstruir sus últimos pasos.
Pero Miguel no apareció.
Ni siquiera las pistas llevaron hasta él
Durante aquellos primeros días surgieron posibles avistamientos y se rastrearon diferentes recorridos que podía haber tomado. El caso llegó a adquirir repercusión nacional en un momento especialmente complicado para la provincia, que en apenas unos días acumulaba varias desapariciones. El 8 de septiembre de 2016, El País recogía que Miguel continuaba desaparecido después de haber salido a pasear como hacía todos los días.
Las búsquedas continuaron, pero cada jornada sin resultados hacía crecer la incertidumbre.
En agosto de 2017 llegó uno de los momentos que más esperanza despertó en la familia. La Guardia Civil localizó unos restos óseos durante uno de los rastreos realizados en la zona y durante un tiempo se pensó que podían corresponder a Miguel.
Finalmente, aquella posibilidad quedó descartada: los restos no eran humanos.
La familia volvía así al punto de partida.
Lucía Fernández, hija de Miguel, llegó incluso a pedir públicamente a los cazadores que extremasen la atención durante sus jornadas en el monte para que cualquier posible hallazgo pudiera ser comunicado. El objetivo era sencillo: que el caso no cayese en el olvido.
Tres años después, la búsqueda volvió a activarse
El caso tampoco quedó completamente aparcado.
En diciembre de 2019, tres años después de la desaparición, la Guardia Civil de Zamora confirmó que mantenía activa la búsqueda y que había comenzado a realizar rastreos periódicos con un perro especializado en la localización de personas desaparecidas.
El entonces coronel jefe de la Comandancia de Zamora explicó que el objetivo era seguir trabajando para tratar de encontrar a Miguel y ofrecer una respuesta a una familia que nunca había dejado de buscar.
La Guardia Civil consideraba entonces el de Miguel como uno de los casos recientes de desaparición sin resolver en la provincia.
«Ir a buscar el certificado de fallecimiento de tu padre sin cadáver es terrible»
Con el paso de los años, la incertidumbre se convirtió en una forma de vida para sus familiares.
Su hija, Lucía Fernández, ha contado públicamente el impacto de una desaparición sin desenlace. En 2024 explicó que la familia había iniciado los trámites para declarar oficialmente fallecido a Miguel, pese a que nunca había aparecido su cadáver.
«Es un dolor muy grande», relató entonces al hablar de la necesidad de afrontar un trámite que, paradójicamente, no permite cerrar el duelo. Porque declarar legalmente fallecida a una persona no significa saber qué le ocurrió.
Significa asumir que han pasado los años sin que haya regresado.
Lucía también ha señalado que Miguel y su mujer pasaban habitualmente los veranos en Gallegos del Campo. Él había vivido en Madrid desde los años sesenta, pero regresaba al pueblo cada verano y salía a pasear todas las mañanas y algunas tardes. Aquella rutina hacía que su desaparición resultara todavía más desconcertante.
«Quizás con el protocolo actual hubiésemos encontrado a mi padre»
En 2025, casi nueve años después de aquella mañana, Lucía volvió a poner voz al caso durante unas jornadas sobre personas desaparecidas celebradas en Zamora.
Su reflexión fue especialmente significativa: considera que los medios y protocolos disponibles actualmente podrían haber cambiado la búsqueda de Miguel.
«Con el actual protocolo de la Guardia Civil de Zamora igual se hubiera podido encontrar a mi padre», señaló entonces.
Es una de las grandes incógnitas que permanecen alrededor de esta desaparición. No solo qué ocurrió con Miguel, sino también si alguna de las herramientas que hoy forman parte de los dispositivos de búsqueda habría permitido seguir otra pista aquella mañana de septiembre de 2016.
Diez años después, la pregunta sigue abierta
Hoy Miguel tendría 88 años. Su ficha continúa difundida como persona desaparecida y su familia sigue esperando que algún día aparezca una pista capaz de explicar qué sucedió.
Diez años después, aquella mañana sigue reconstruyéndose mentalmente una y otra vez: Miguel salió de casa para caminar. Conocía el entorno. Era algo que hacía habitualmente. Y, sin embargo, aquel paseo se convirtió en el último momento en el que su familia supo de él.
Después llegaron las batidas, los rastreos, los posibles avistamientos, los restos que finalmente no eran humanos, los nuevos operativos y el paso de los años.
Nada ha conseguido responder a la pregunta esencial.
¿Dónde está Miguel Fernández y qué ocurrió aquel 2 de septiembre de 2016?
Diez años después, su familia sigue esperando una respuesta.

Y su nombre sigue ahí, entre las historias de desaparecidos que el tiempo no ha conseguido borrar.



