Las máscaras llegaron antes que muchas fronteras. Mucho antes que los museos, incluso antes que la idea de patrimonio. Nacieron para asustar, para celebrar, para pedir lluvia o espantar el invierno. Y este jueves todas esas vidas antiguas —las de Zamora, las de Galicia, las de Perú o las de una tribu indígena de Estados Unidos— coincidieron en el Museo Etnográfico de Castilla y León, convertido durante unos meses en un lugar donde distintas culturas descubren que, en el fondo, siempre acabaron ocultándose detrás de rostros muy parecidos.
Fernando Prada hablaba de máscaras y en realidad hablaba de personas. De cómo los pueblos necesitan disfrazarse para reconocerse mejor. De cómo alguien se tapa el rostro para enseñar algo más profundo que una cara. Lo hacía este miércoles en el Museo Etnográfico de Castilla y León, en Zamora, delante de una colección que une diablos de Galicia, figuras de Perú o máscaras indígenas de Estados Unidos con una naturalidad extraña, como si todas hubieran nacido en la misma aldea.
“Todas las máscaras poseen un lenguaje universal, tienen un hilo conductor concreto y todas son muy parecidas”, dijo el delegado territorial de la Junta. Y durante un momento dio la sensación de que la exposición no iba solo de tradición, sino de esa costumbre humana de intentar espantar lo desconocido con ruido, color y madera.
La muestra, titulada ‘Máscaras. Símbolos e identidad’, reúne más de 70 piezas procedentes de distintos territorios y culturas. Algunas llegan desde Zamora. Otras desde León, Portugal, México, Perú o de la tribu Macá, en Estados Unidos. Pero el recorrido no está pensado por países ni fronteras. Está construido por semejanzas. Porque un diablo rural de Aliste puede parecerse más a una figura ceremonial americana que a alguien de la ciudad de al lado.
“Los territorios son una mera excusa”, resumió Jorge Martínez, presidente del Instituto de Estudios Patrimoniales Concha Casado y comisario de la exposición. “Es un elemento que funciona exactamente igual en un territorio que en otro”.
Quizá por eso la exposición funciona tan bien en Zamora. Porque aquí las máscaras nunca fueron solo una fiesta. Fueron invierno, miedo, cosecha, superstición y comunidad. Fueron una manera de decir cosas que sin disfraz daban vergüenza. Prada insistió en ello cuando habló del individuo que “gracias a la máscara” puede expresar mejor “la relación entre lo social, lo religioso y lo espiritual”.
En el fondo, todas las máscaras terminan haciendo lo mismo: permitir que alguien deje de ser él mismo durante un rato para explicar mejor quién es.
La exposición podrá visitarse hasta el 5 de octubre en el Museo Etnográfico de Castilla y León y contará además con actividades paralelas y propuestas divulgativas. Aunque probablemente lo más importante ya esté dentro de la sala: comprobar que medio mundo acabó inventando las mismas criaturas para enfrentarse a los mismos miedos.




