Hay derrotas que llegan entre pitos y broncas. Otras, las más difíciles de asumir, se instalan en silencio. La Feria Taurina de San Pedro parece haber entrado en esa segunda categoría. La edición de 2026 no ha dejado una gran polémica, ni una tarde para el recuerdo, ni un lleno histórico. Ha dejado algo mucho más preocupante para sus organizadores: la sensación de que cada año importa menos.

Pese a que la empresa ha tratado de cebar durante días la expectativa con diferentes actividades, Zamora ha respondido. Y no desde un plano antitaurino o de falta de interés, sino desde la perspectiva de que cada año es lo mismo e incluso peor.
La plaza de toros de Zamora ha vuelto a abrir sus puertas bajo la gestión de Tauroemoción, la empresa dirigida por Alberto García, que ha convertido la feria en un producto perfectamente reconocible dentro del circuito taurino nacional. Un modelo basado en nombres contrastados, carteles equilibrados y una organización impecable desde el punto de vista empresarial. El problema es que también se ha convertido en un producto previsible.
Porque basta comparar los dos últimos años para comprobar que la feria ha entrado en una peligrosa rutina.





