Hay muchas formas de escribir la historia de un lugar. Está la piedra, que permanece cuando todo lo demás cambia. Están los caminos, los edificios, los campos y las calles. Están, por supuesto, sus gentes, que son quienes terminan poniendo voz a aquello que durante siglos parece permanecer en silencio.
Pero hay otra manera de contar un territorio. Una que no necesita libros, ni archivos, ni grandes discursos. Una que ha sobrevivido al paso del tiempo porque se transmite de generación en generación con los pies, con las manos, con la música. El lenguaje del baile.
Y este viernes, Zamora ha vuelto a hablar ese idioma. Lo ha hecho a los pies de su Catedral, en una plaza que poco a poco se ha ido llenando hasta convertirse en un enorme escenario al aire libre para inaugurar la XXII edición del Festival de Folclore. Durante unas horas, la ciudad ha dejado de ser solamente Zamora para convertirse en un pequeño mapa del mundo.
El primero en abrir esa ventana ha sido Don Sancho, organizador y embajador de una cita que lleva más de dos décadas convirtiendo la tradición en encuentro. A su lado, los Tamborileros de Fermoselle han puesto música a la primera página de esta nueva edición.
No era una elección casual. Llegaban desde Los Arribes, desde una tierra que este verano ha vuelto a conocer demasiado de cerca el rostro del fuego. Su presencia sonaba así también a homenaje. A recuerdo. A una forma de decir que detrás de cada paisaje hay personas que lo habitan, lo cuidan y lo cuentan.
Después, Zamora ha abierto las puertas. Han llegado Polonia, Chile, Senegal y Sicilia. Han llegado sus músicas, sus trajes, sus ritmos y sus formas de entender la tradición. Diferentes entre sí, pero extrañamente familiares cuando el primer compás comienza a sonar.
Porque quizá ahí reside la verdadera fuerza del folclore: en que no hace falta entender una palabra para comprender lo que está ocurriendo. Un vestido cuenta de dónde venimos. Una canción recuerda quiénes fuimos. Un instrumento guarda el sonido de una tierra. Y un baile puede explicar en unos minutos aquello que necesitaríamos páginas enteras para describir.
Sobre el escenario, cada grupo ha sido durante un instante cronista de su propia tierra. Y Zamora los ha escuchado. Lo ha hecho desde una plaza abarrotada, con vecinos y visitantes ocupando cada rincón disponible para contemplar un espectáculo que va mucho más allá de una sucesión de bailes. Porque cuando una tradición sale a la calle, deja de ser únicamente patrimonio de quienes la conservan y pasa a formar parte de todos los que la miran.
Quizá por eso la respuesta de Zamora ha vuelto a ser tan contundente. La plaza de la Catedral se ha llenado hasta la bandera. Frente a la piedra centenaria, cinco culturas han compartido escenario y han recordado algo que, en ocasiones, olvidamos: que el mundo puede ser muy diferente y, al mismo tiempo, reconocerse en las mismas cosas.
En la música. En la fiesta. En la memoria. En la necesidad de no dejar que lo que somos desaparezca. Esta noche, Zamora no solo ha inaugurado un festival. Ha vuelto a contar su historia y ha invitado al mundo a contar la suya. Y todos lo han hecho bailando.



