Hay muchas formas de escribir la historia de un lugar. Está la piedra, que permanece cuando todo lo demás cambia. Están los caminos, los edificios, los campos y las calles. Están, por supuesto, sus gentes, que son quienes terminan poniendo voz a aquello que durante siglos parece permanecer en silencio.
Pero hay otra manera de contar un territorio. Una que no necesita libros, ni archivos, ni grandes discursos. Una que ha sobrevivido al paso del tiempo porque se transmite de generación en generación con los pies, con las manos, con la música. El lenguaje del baile.
Y este viernes, Zamora ha vuelto a hablar ese idioma. Lo ha hecho a los pies de su Catedral, en una plaza que poco a poco se ha ido llenando hasta convertirse en un enorme escenario al aire libre para inaugurar la XXII edición del Festival de Folclore. Durante unas horas, la ciudad ha dejado de ser solamente Zamora para convertirse en un pequeño mapa del mundo.
El primero en abrir esa ventana ha sido Don Sancho, organizador y embajador de una cita que lleva más de dos décadas convirtiendo la tradición en encuentro. A su lado, los Tamborileros de Fermoselle han puesto música a la primera página de esta nueva edición.
No era una elección casual. Llegaban desde Los Arribes, desde una tierra que este verano ha vuelto a conocer demasiado de cerca el rostro del fuego. Su presencia sonaba así también a homenaje. A recuerdo. A una forma de decir que detrás de cada paisaje hay personas que lo habitan, lo cuidan y lo cuentan.




