Heroicidad para unos, imprudencia para otros. Mientras muchos vecinos abandonaban Formariz ante el avance del incendio, Iván optó por quedarse. Lo hizo para defender su pueblo y sus terrenos, el medio de vida de su familia y el de otros ganaderos. En una localidad donde todos se conocen y echarse una mano forma parte del día a día, hacerlo en una emergencia como esta parecía casi una obligación. Tan importante era salvar la propia explotación como la del vecino que la tiene al otro lado del término municipal.
Consciente de que el fuego, voraz y de comportamiento errático e imprevisible, podía llevarse en apenas unos minutos el trabajo de toda una vida, se subió al tractor. Junto a una decena de vecinos que también decidieron permanecer en el pueblo bajo su propia responsabilidad, pasó horas intentando contener unas llamas que el jueves por la tarde, de forma inesperada, pusieron a Formariz contra las cuerdas.
"Por un momento pensé que se nos quemaba el pueblo", cuenta con rotundidad. Después de que el incendio atravesara los alrededores de Formariz el miércoles, el jueves amaneció con la situación relativamente controlada. Sin embargo, el viento volvió a soplar con fuerza durante la tarde, reavivó el fuego y amenazó varias viviendas de las afueras. "Se reactivó ahí detrás y en cosa de diez minutos lo teníamos encima", explica mientras señala las parcelas que se extienden al sur del pueblo.
Una gran casa blanca habitada, la primera que se encuentra al llegar a Formariz, estuvo a punto de ser alcanzada por las llamas. Basta contemplar el jardín trasero, parcialmente calcinado, para comprender lo cerca que se quedó el fuego. A apenas unos metros, aproximadamente la mitad de los rollos de pacas que Iván almacenaba para alimentar a su ganado sí acabaron ardiendo. "Intentamos salvarlas con los tractores, arando y todo, pero el fuego nos cercaba", relata.
Mientras Iván trabajaba con un tractor, su padre hacía lo propio con la pala de otra máquina. Pero no estaban solos. Agricultores y ganaderos de Formariz y de otros pueblos acudieron con sus tractores para abrir cortafuegos improvisados con el objetivo de proteger las viviendas y las naves. Un gesto que Iván no olvidará: "La gente de la zona se ha portado muy bien. Han intentado ayudar a todo el mundo. Para eso no hay más que agradecer".
El gran esfuerzo tuvo la mejor de las recompensas. Las explotaciones del municipio pudieron salvarse y, según relata, también el ganado —por desgracia, no pueden decir lo mismo en otras localidades afectadas—. Parte de los animales permaneció en las naves y otros fueron trasladados al pueblo cuando el fuego se acercó demasiado.
El paisaje, sin embargo, habla por sí solo. El negro lo ha teñido todo alrededor. "El campo de Formariz, a día de hoy, está entero arrasado. Todo está quemado. Creo que no queda nada sin quemar", lamenta Iván mientras se dirige a comprobar cuántas pacas han resistido al fuego. Los campos aún expulsan humo dando fe de lo que apenas unas horas antes aconteció allí.
Pero la lucha de Iván no terminó ahí. Cuando pudieron controlar la situación en su pueblo, se desplazó hasta Mámoles para ayudar a unos amigos cuyas tierras también estaban amenazadas por el incendio. Además de trabajar con su propia maquinaria, se encargaron de guiar a los servicios de extinción por los caminos de la zona que conocen de memoria.
Fueron horas de trabajo entre humo y llamas que evitaron que el incendio se llevara por delante mucho más que el pasto y los árboles. Ahora, con el incendio más controlado y el lento regreso a la normalidad, toca hacer balance. Formariz sigue en pie, pero el paisaje carbonizado recuerda lo cerca que estuvo el pueblo de perderlo todo.



