Hay escultores que pertenecen a una ciudad. Y hay otros que, después de haber salido de ella, terminan haciendo que esa ciudad viaje con ellos. Baltasar Lobo pertenece a la segunda clase.

Nació en Cerecinos de Campos, en 1910, en una familia humilde, y murió en París en 1993, después de haber pasado buena parte de su vida lejos de la provincia en la que había empezado a modelar la materia. Entre ambos puntos caben una guerra, un exilio, un campo de internamiento, los talleres de Montparnasse, Picasso, Henri Laurens, la llamada Escuela de París, las galerías de medio mundo y una obra que acabó entrando en museos y colecciones de Europa, América y Asia.
Pero quizá la mejor manera de entender a Lobo no sea seguir el mapa de sus viajes, sino mirar sus esculturas.
En ellas hay cuerpos que parecen perder peso, mujeres que dejan de ser una figura cerrada para convertirse en una línea, maternidades que hablan de la vida, torsos que se abren al espacio y formas que parecen querer despegarse de la tierra. El propio recorrido oficial de su museo divide su trayectoria entre los años de formación, la guerra y Mujeres Libres, y su llegada a Francia y la liberación.
Este jueves 3 de septiembre, a un día de que se cumplan 33 años de su muerte, la Asociación Amigos de Baltasar Lobo propone volver a caminar por esa historia. Lo hará con dos visitas guiadas de la ruta Espacios Lobo, conducidas por Chiara Sportoletti. La primera partirá a las 11.00 horas de la plaza de la Catedral y la segunda a las 17.00 horas desde la plaza de Santa Lucía. Ambas permitirán acercarse tanto al museo como al legado conservado en el Museo de Zamora y terminarán, en el recorrido de la tarde, ante una de las piezas monumentales de Lobo: Impulso (Élan), de 1973.
Pero detrás de esa escultura y de ese museo hay una vida mucho más larga.
El muchacho de Cerecinos que aprendió el oficio con las manos
Baltasar Lobo comenzó a acercarse al arte antes de que pudiera imaginar que terminaría viviendo en París.
A los once años pasó por la Escuela Cervantes de Benavente y poco después, en Valladolid, entró en el taller de arte religioso de Ramón Núñez, donde empezó a aprender un oficio ligado a la tradición de la madera policromada. También acudió a clases de modelado en el Museo de Bellas Artes de Valladolid.
Aquella formación temprana resulta importante para entender al escultor que aparecería después. Lobo no partió únicamente de las vanguardias. Antes estuvo el oficio: la madera, el volumen, la talla, la observación directa de la materia.
En 1927 obtuvo una beca para estudiar en la Academia de San Fernando de Madrid. Duró poco allí. Abandonó los estudios después de unos meses y optó por una formación más libre, alimentada por las visitas al Museo del Prado, al Museo Arqueológico Nacional y por su contacto con los círculos artísticos y políticos madrileños. Fue entonces cuando comenzó a perfilarse también su personalidad política.
Había algo más que academias en aquel Madrid.
Lobo quedó impresionado por las nuevas corrientes artísticas y por creadores como Picasso, Miró, Dalí o Gargallo. Una exposición celebrada en 1929 en el Jardín Botánico, dedicada a los españoles vinculados a París, resultó especialmente importante en la evolución de su mirada.
Su relación con el mundo libertario también fue creciendo. Colaboró como ilustrador en publicaciones anarquistas y libertarias como Mujeres Libres, Campo Libre y Umbral, entre otras. Esa faceta gráfica no es un episodio menor en su trayectoria: permite seguir el rastro de un artista que todavía no había encontrado la forma definitiva de su escultura, pero que ya había descubierto el poder de las imágenes.
La guerra, el dibujo y la fractura de una vida
La Guerra Civil acabó alterando aquel camino.
Lobo se implicó en la causa republicana y trabajó como ilustrador en publicaciones libertarias. También se incorporó al ejército popular como miliciano de la cultura. En 1938 murió su padre, Isaac Lobo, como consecuencia de un bombardeo que además destruyó el taller del artista.
La guerra aparece así en la biografía de Lobo no como una fecha entre otras, sino como una fractura. Después llegó la derrota republicana y el exilio. En 1939 cruzó la frontera francesa y pasó por el campo de internamiento de Argelès-sur-Mer antes de instalarse en París. Allí, en Montparnasse, comenzó la segunda gran etapa de su vida. París no fue para él un simple cambio de ciudad. Fue el lugar donde consiguió reconstruirse como artista.
París: Picasso, Laurens y la materia
Lobo llegó a una ciudad que concentraba buena parte de la modernidad artística europea. Allí coincidió con otros artistas españoles exiliados y entró en contacto con figuras fundamentales para su evolución.
Entre ellas estuvieron Pablo Picasso y Henri Laurens. El primero desempeñó un papel importante en su acogida dentro del ambiente artístico parisino. El segundo fue, según la documentación del propio museo, una de las influencias artísticas más importantes en el desarrollo de Lobo.
En París, Lobo fue dejando atrás progresivamente la escultura más vinculada a la tradición que había conocido en su juventud para construir un lenguaje cada vez más personal. No se trataba de abandonar la figura humana. Más bien de despojarla.
La mujer se convirtió en el gran territorio de su escultura. Las maternidades, las mujeres recostadas, las figuras desnudas y las formas orgánicas aparecen una y otra vez a lo largo de las décadas. La propia declaración del legado de Lobo señala que la mujer es el principal referente de su obra y que la serie de maternidades se convirtió en una constante de su trayectoria.
Hay algo especialmente revelador en esa evolución. Las formas se vuelven más redondeadas, más limpias y más abiertas. El cuerpo deja de ser una reproducción literal y comienza a funcionar como arquitectura. El volumen importa, pero también el vacío; la masa, pero igualmente el espacio que la rodea.
La influencia del arte antiguo, descubierta ya en el Museo Arqueológico de Madrid, convivió con la modernidad de Picasso y Laurens. El resultado fue una escultura que podía mirar al pasado y, al mismo tiempo, hablar el lenguaje de la vanguardia. El Ministerio de Cultura ha definido precisamente a Lobo como un creador que supo situarse entre la tradición y la modernidad.
Una escultura que encuentra en la mujer una forma de vida
La maternidad ocupó un lugar especialmente significativo.
Las primeras representaciones relacionadas con este tema aparecen ya en su actividad gráfica durante los años de la Guerra Civil, vinculadas a Mujeres Libres. Con el exilio, la forma cambió y las figuras se hicieron más redondeadas y volumétricas. La maternidad terminó convirtiéndose en una de las imágenes reconocibles de su producción. No es casual que una de sus obras más importantes para Zamora sea precisamente una Maternidad.
Tampoco es casual que uno de sus grandes encargos internacionales surgiera en Venezuela. En 1952, el arquitecto Carlos Raúl Villanueva le encargó una Maternidad para la Universidad Central de Venezuela, iniciando una relación especialmente intensa con aquel país. La obra quedó instalada en Caracas y abrió una presencia internacional que continuaría durante décadas.
A partir de entonces, la obra de Lobo empezó a viajar.
París, Caracas, Madrid, Luxemburgo, Zúrich, Barcelona, Tokio. Su trabajo fue entrando en exposiciones y colecciones internacionales mientras el escultor construía una trayectoria cada vez más sólida dentro de la escultura europea de posguerra.
En 1945 había participado ya en una exposición en la Galerie Vendôme de París junto a nombres como Matisse, Léger, Picasso, Laurens, Bonnard y Utrillo. Al año siguiente participó en distintas muestras de escultura contemporánea en ciudades europeas.
El artista que había salido de Zamora como refugiado empezaba a formar parte del paisaje internacional.
El impulso de la forma
En 1973, cuando Lobo llevaba más de tres décadas en París, creó Élan, Impulso.
La obra resume muchas de las preocupaciones que atraviesan su escultura: el cuerpo femenino, la tensión, la diagonal, el movimiento y la búsqueda de una forma capaz de desprenderse de la gravedad.
La pieza conservada en Zamora está realizada en bronce y pertenece a la serie Élan. La propia documentación vinculada a la obra la sitúa en 1973, y el Museo Nacional de Escultura la incluyó entre las piezas representativas de su trayectoria.
La obra vuelve a aparecer ahora en la ruta organizada por la Asociación Amigos de Baltasar Lobo.
No como una reliquia. Más bien como una síntesis. En Impulso, la figura parece buscar precisamente aquello que su título anuncia: elevarse. El cuerpo ya no está pensado únicamente como peso o volumen, sino como energía.
Es una de las claves de Lobo: convertir la figura en movimiento sin dejar de reconocer en ella un cuerpo humano.
Su escultura fue avanzando hacia formas cada vez más esenciales. En algunas piezas apenas queda el recuerdo de una anatomía. En otras permanece un torso, una cabeza, una mujer sentada o una madre con su hijo. Pero en todas pesa la misma voluntad de simplificación. No se trata de hacer menos. Se trata de quitar lo que sobra.
El legado que volvió a Zamora
Durante décadas, la obra de Baltasar Lobo estuvo lejos de la tierra donde había nacido. El escultor construyó su trayectoria en París, pero una parte esencial de su memoria artística terminó regresando a Zamora.
La ciudad recibió en 1986 una primera donación del propio Lobo. Trece años después, en 1999, su familia amplió de manera significativa aquel conjunto. El legado alcanza hoy 872 piezas, una colección que reúne esculturas y dibujos y que conserva también una parte del universo material del artista.
No se trata únicamente de reunir obras terminadas. El conjunto permite aproximarse al proceso creativo de Lobo y seguir, a través de los diferentes materiales y estados de trabajo, la evolución de un escultor que pasó buena parte de su vida buscando la forma esencial.
En octubre de 2023, el legado fue declarado Bien de Interés Cultural, una protección que reconoce la importancia del conjunto y su valor para comprender la trayectoria artística de Lobo.
Hoy, su obra puede seguirse en Zamora a través del Museo Baltasar Lobo, instalado en la Casa de los Gigantes, y de los espacios del entorno del Castillo, además de la colección conservada en el Museo de Zamora.
La paradoja permanece: el artista que pasó más de medio siglo lejos de su tierra tiene hoy una de sus mayores huellas precisamente en ella.
El museo que Zamora aún debe decidir
Y es aquí donde la historia de Lobo deja de ser únicamente una cuestión de memoria para convertirse también en una conversación sobre el futuro.
La Asociación Amigos de Baltasar Lobo considera que la ciudad mantiene una deuda con el escultor y reclama un espacio definitivo y específico para su legado. Su apuesta es el Centro de Arte Baltasar Lobo proyectado por Rafael Moneo en el Castillo de Zamora, concebido como un proyecto capaz de reunir la obra del artista y convertirla en un foco cultural de referencia.
La asociación sostiene además que ese centro podría contribuir a la revitalización cultural y económica de Zamora, siempre acompañado, en su planteamiento, por el compromiso de las diferentes instituciones y por un modelo que garantice su sostenibilidad.
Pero existe otra posibilidad sobre la mesa.
El Ayuntamiento de Zamora plantea situar el museo de Baltasar Lobo en el actual cuartel de la Policía Local, una vez que las dependencias policiales se trasladen al Banco de España. Se trata de una vía diferente: aprovechar un edificio existente para convertirlo en el futuro espacio museístico dedicado al escultor.
Así, el debate no gira únicamente en torno a dónde colocar una colección de 872 piezas. También plantea qué dimensión quiere darle Zamora a Baltasar Lobo y qué tipo de espacio considera adecuado para contar su trayectoria, conservar su obra y proyectarla hacia el futuro.
La cuestión sigue abierta. Y quizá tenga sentido que así sea. Porque Lobo dedicó buena parte de su vida a buscar una forma propia, a apartarse de lo superfluo y a convertir la materia en algo capaz de hablar por sí mismo. También Zamora tiene ahora que encontrar la forma de contar esa historia.
Volver a caminar tras sus pasos
Este jueves 3 de septiembre, con motivo del 33.º aniversario de la muerte de Baltasar Lobo, la Asociación Amigos de Baltasar Lobo propone hacerlo caminando.
La entidad ha organizado dos visitas guiadas de la ruta Espacios Lobo, conducidas por Chiara Sportoletti. La visita de la mañana comenzará a las 11.00 horas en la plaza de la Catedral y recorrerá el Museo Baltasar Lobo, la Casa de los Gigantes, la liza del Castillo y los jardines del escultor. El recorrido terminará en el almacén del legado de Lobo en el Museo de Zamora.
Por la tarde, la ruta comenzará a las 17.00 horas en la plaza de Santa Lucía. El itinerario seguirá el recorrido inverso: primero el almacén del legado en el Museo de Zamora y después el Museo Baltasar Lobo, para terminar en una de las piezas monumentales más significativas de la ciudad, Impulso / Élan, realizada en 1973.
La inscripción es gratuita y necesaria para ambas visitas, a través de amigosbaltasarlobo@gmail.com y arteduero@gmail.com.
La jornada tendrá además un segundo momento, esta vez abierto a todos. A las 19.30 horas, los Jardines del escultor en el Castillo de Zamora acogerán un homenaje a Baltasar Lobo. No será necesaria inscripción.
La asociación quiere reivindicar en este acto al hombre y al artista, pero también volver a poner sobre la mesa la importancia de su legado y la necesidad, a su juicio, de que Zamora encuentre una solución definitiva para él.
Lobo murió en París el 4 de septiembre de 1993. Treinta y tres años después, su obra sigue aquí. En los jardines, en el museo, en los almacenes, en el bronce y en el mármol. En los cuerpos que parecen desafiar la gravedad y en esas formas que, con el paso del tiempo, se han vuelto cada vez más ligeras.
El escultor que pasó su vida buscando la libertad de la forma dejó a Zamora una pregunta que sigue pendiente de respuesta: cómo quiere la ciudad que perdure su obra.

Porque conservar a Baltasar Lobo no consiste solamente en guardar sus 872 piezas. Consiste en decidir qué lugar ocupa, hoy y mañana, uno de los artistas que nació en esta tierra y terminó convirtiendo su escultura en un lenguaje universal.



