Hay acontecimientos que se anuncian con carteles, programas y fechas marcadas en rojo. Y hay otros que llegan solos porque nunca terminaron de irse. La romería de La Hiniesta pertenece a esa segunda categoría. Cuando mayo empieza a acercarse a Pentecostés, Zamora sabe que hay algo que vuelve a ocupar su lugar. No hace falta preguntar cuándo es; la ciudad parece reconocerlo antes que el calendario.

Dentro de unos días volverán los pendones, las salves, las imágenes y miles de personas caminando juntas. Volverá la Virgen de la Concha a salir de San Antolín y volverán a repetirse gestos que ya hacían otros zamoranos hace siglos. Porque algunas tradiciones sobreviven precisamente por eso: porque dejan de sentirse como algo extraordinario y terminan formando parte de la vida cotidiana de una ciudad.
Pero antes de que el camino vuelva a llenarse de romeros hay una historia detrás de todo ello. Porque antes de ser una romería fue una leyenda. Y antes de ser una tradición fue un encuentro.
La tradición sitúa el origen de todo en el año 1291. Cuenta la historia que la Virgen de la Hiniesta fue trasladada a Zamora mientras su iglesia estaba siendo construida. Durante ese tiempo encontró acogida en San Antolín, donde permaneció junto a la Virgen de la Concha, patrona de la ciudad.
Lo que debía ser una estancia temporal terminó convirtiéndose en algo mucho más duradero. Las dos imágenes compartieron templo y la convivencia acabó creando un vínculo que atravesaría generaciones enteras.
Cuando la iglesia de La Hiniesta estuvo terminada llegó el momento de regresar. La Virgen volvió a su localidad acompañada por la Virgen de la Concha. Y ahí comenzó todo. Porque lo extraordinario no fue aquel primer viaje. Lo extraordinario fue que nunca dejó de repetirse.
Aquel trayecto acabó convirtiéndose en una promesa silenciosa renovada cada primavera. Una despedida terminó transformándose en una cita anual. Un camino terminó convirtiéndose en memoria. Y una costumbre terminó formando parte de la identidad de Zamora.
Aunque la leyenda sitúe el origen en 1291, los historiadores matizan algunos detalles. Resulta difícil pensar que el santuario se construyera íntegramente en apenas un año. Todo apunta a que el templo existía ya desde tiempo atrás, aunque fue el rey Sancho IV quien impulsó su reedificación y reforzó económicamente el culto.
Pero las tradiciones importantes no sobreviven únicamente por los documentos. Sobreviven porque alguien continúa contándolas. Y Zamora lleva siglos haciéndolo.
Las primeras referencias escritas aparecen a finales del siglo XV. En 1495 ya se describía una romería multitudinaria, hasta el punto de quedar registrados altercados producidos durante el regreso. Aquello demuestra que incluso entonces la celebración había dejado de ser un acto reducido para convertirse en algo que movilizaba a la ciudad entera.
Pocos años después, los estatutos de la cofradía, fechados en 1503, detallaban el ceremonial de la jornada. Una buena parte de aquel protocolo sigue reconocible hoy. Los cofrades se reunían antes del amanecer en San Antolín y, tras la misa, iniciaban el trayecto acompañados por pendones, cirios y la imagen de Santiago Apóstol. Más de quinientos años después el recorrido sigue conservando la misma esencia: salir, caminar y regresar.
Porque la romería también ha construido sus propias estaciones sentimentales. San Lázaro, la Cruz del Rey Don Sancho, el Teso de la Salve o La Hiniesta dejaron hace tiempo de ser únicamente lugares geográficos. Son lugares donde la historia parece detenerse unos minutos cada año.
Entre esos puntos nació también una de las leyendas más conocidas del recorrido: la pérdida de la imagen del Niño Jesús durante una jornada marcada por el mal tiempo. Según la tradición, apareció después cerca de La Hiniesta, motivo por el que desde entonces realiza una parte concreta del trayecto en brazos de un mayordomo.
Puede que nadie sepa ya con exactitud dónde termina la historia y dónde empieza la leyenda. Pero quizá las tradiciones más antiguas funcionan precisamente así. Se sostienen sobre hechos, pero sobreviven gracias a las historias que la gente sigue queriendo escuchar.
Y dentro de unos días Zamora volverá a hacerlo. Volverán las salves, los encuentros y el sonido de miles de pasos avanzando juntos. Porque hay viajes que duran unas horas. Y hay otros que llevan más de siete siglos sin terminar.




