Hay montañas que no desaparecen nunca de la cabeza. Aunque pasen los años, aunque la vida obligue a aplazar proyectos y aunque las expediciones queden guardadas en un cajón, siempre hay una parte de quien ha conocido los ochomiles que sigue caminando por ellos. A Martín Ramos le ha ocurrido exactamente eso.
Cinco años después de coronar el Manaslu, el alpinista zamorano vuelve a preparar una mochila para viajar hasta Pakistán y enfrentarse al Gasherbrum I, una montaña de 8.080 metros situada en el corazón del Karakórum. No es un regreso impulsivo ni una aventura improvisada, aunque la oportunidad haya llegado casi de repente. Es el desenlace de una espera que comenzó el mismo día en que descendió de su último ochomil.
"He querido volver desde el año siguiente al Manaslu, pero por diferentes circunstancias han ido pasando los años y no conseguía cuadrar fechas, montañas y compañeros", explica apenas unas horas antes de emprender el viaje. Su voz transmite más ilusión que nervios. No hay euforia, tampoco grandilocuencia. Solo la serenidad de quien sabe exactamente adónde va y lo que supone regresar a una montaña de estas dimensiones.
El destino será el Gasherbrum I, conocido también como Hidden Peak o Pico Oculto, una de las catorce montañas que superan los 8.000 metros y una de las más aisladas del planeta. Alcanzar su campamento base ya constituye una expedición en sí misma. A diferencia de otros gigantes del Himalaya, donde los senderos atraviesan pueblos habitados, en el Karakórum la civilización desaparece mucho antes. La última aldea queda atrás y comienza un recorrido de ocho jornadas por el glaciar del Baltoro, un inmenso río de hielo rodeado por algunas de las montañas más impresionantes del mundo.
"La última población está a ocho días caminando", resume Ramos para explicar la magnitud del viaje. Si todo transcurre según el calendario previsto, el equipo alcanzará el campo base el próximo 1 de julio, situado a unos 5.000 metros de altitud. Será entonces cuando empiece realmente la ascensión.
Hasta ese momento, el objetivo será avanzar despacio. Después llegará el trabajo de aclimatación, una fase imprescindible en cualquier expedición de altura y que exige tanta paciencia como resistencia física. El plan inicial pasa por instalar tres campamentos: el primero a unos 6.000 metros, el segundo alrededor de los 6.500 y un tercero a unos 7.200 metros. Desde allí, siempre que las condiciones meteorológicas y el estado físico del equipo lo permitan, llegará el momento de intentar la cima.
Pero Martín Ramos lleva demasiado tiempo en la montaña como para hacer planes inamovibles. "Luego manda la montaña", dice con la naturalidad de quien ha aprendido que ningún itinerario resiste la realidad del hielo, el viento o la nieve.
Esa experiencia es precisamente uno de los principales apoyos con los que afronta esta nueva expedición. En su currículum figuran ya diez ochomiles: Everest, Cho Oyu, Shisha Pangma, Nanga Parbat, Gasherbrum II, Broad Peak, Annapurna, Makalu, Kangchenjunga y Manaslu. Un recorrido al alcance de muy pocos alpinistas y construido durante más de dos décadas de expediciones. Sin embargo, lejos de alimentar cualquier sensación de confianza excesiva, esa trayectoria le ha enseñado justo lo contrario.
"Más que miedo, hay incertidumbre", responde cuando se le pregunta qué siente antes de volver a enfrentarse a una montaña de más de ocho mil metros.
La frase resume buena parte de la filosofía con la que entiende el alpinismo. La experiencia reduce errores, ayuda a interpretar la montaña y permite tomar mejores decisiones, pero nunca elimina el riesgo. Cada expedición vuelve a empezar desde cero. Cada montaña plantea sus propias dificultades.
"Si las condiciones son adecuadas y no surge ningún impedimento, es uno de los ochomiles más bajos y no tiene por qué presentar una dificultad mayor que otros. Pero la montaña siempre es peligrosa, sea un ochomil o un dosmil", afirma.
Habla desde el conocimiento, no desde la confianza ciega. Quien ha pasado semanas enteras por encima de los 7.000 metros sabe que el éxito depende de muchos factores imposibles de controlar. La meteorología, el estado de la nieve, el cansancio acumulado o una simple indisposición física pueden cambiar el rumbo de una expedición preparada durante meses.
Y es que detrás de cada intento de cima hay mucho más que entrenamiento. "Participar en una expedición de este tipo cuesta mucho", reconoce. El esfuerzo, explica, empieza mucho antes de pisar la montaña. Está el aspecto económico, la organización del viaje, los permisos, la logística y, sobre todo, el sacrificio personal. "Mi familia son los primeros que sufren estos viajes", admite.
Es quizá la única respuesta en la que aparta la mirada de la montaña para dirigirla hacia casa. Porque mientras él caminará durante días por el Baltoro, quienes se quedan en Zamora convivirán con la incertidumbre hasta recibir noticias desde el campamento base o desde alguno de los campamentos de altura. Es una realidad compartida por todas las familias de quienes practican alpinismo de alta montaña y que rara vez aparece en las fotografías de las cumbres.
La oportunidad de regresar llegó hace apenas un par de meses. Su compañero de las últimas expediciones, Jorge Egocheaga, preparaba un viaje al Gasherbrum I junto a Noel Ortiz y otra montañera asturiana. El proyecto encajaba con uno de los ochomiles que todavía faltaban en el historial de Ramos y no quiso dejar escapar la ocasión.
"Hice todo lo posible por cuadrar fechas, días y permisos. Ha sido todo muy rápido, pero con muchísima ilusión", cuenta. Tan rápido que apenas ha habido tiempo para presentar oficialmente la expedición. Sin embargo, el anuncio en redes sociales bastó para que comenzaran a llegar los mensajes de apoyo.
"Me ha sorprendido el cariño de la gente", reconoce. "Ha sido todo muy precipitado y no hemos podido hacer una rueda de prensa más tranquila con quienes hacen posible que pueda ir". Entre ellos menciona a la Concejalía de Deportes del Ayuntamiento de Zamora, Panadería-Pastelería El Viso y Autorecicla, patrocinadores que han contribuido a que el proyecto salga adelante.
La presentación, bromea, tendrá que esperar. "La dejaremos para la vuelta." Y esa palabra, vuelta, aparece varias veces durante la conversación. Más incluso que cumbre. Cuando la entrevista termina y se le desea suerte, la respuesta llega casi de inmediato.
—"Esperamos ir, esperamos volver y ya os contaremos lo que hayamos vivido".
Porque después de diez ochomiles, Martín Ramos ya sabe que el éxito nunca se mide únicamente en metros de altitud. Las cumbres quedan para la fotografía. Lo verdaderamente importante empieza cuando se emprende el camino de regreso.
Dentro de unos días desaparecerá el último pueblo. Después llegarán el hielo, el silencio y las montañas más altas del Karakórum. Allí volverá a encontrarse con un paisaje que nunca dejó de habitar del todo. Cinco años después, el viaje pendiente por fin ha comenzado.




