‘Mamá, papá: Necesito un móvil’. Será raro el hogar en el que haya menores en el que no se haya escuchado una petición semejante. Hace 25 años, era un caso aislado el adolescente -e infrecuente el adulto- que llevaba consigo un ‘celular’, como dicen en el español de América, ya que su uso no era común y, en cualquier caso, se trataba de un producto con un precio prohibitivo, reservado para quienes pudieran pagar un carísimo terminal y una todavía más onerosa factura mensual.
La situación fue cambiando con el paso del tiempo y, desde aquellos teléfonos analógicos grandes, pesados, con escasa autonomía y con una irregular calidad de recepción y emisión, se pasó a los primeros móviles analógicos que podían llevarse sin asa, nada más empezar la década de 1990, y no digamos, cuando también en esos años, llega con fuerza a España la tecnología GSM. Los primeros mensajes cortos de texto, los cada vez menos utilizados SMS, hicieron furor y dejaron claro por dónde iba a discurrir el futuro de la comunicación.
La conexión a Internet y la generalización de las tarifas planas con el respaldo del 3G y, dentro de un tiempo, el 4G (ya que, aunque a principios de 2013 se hicieron pruebas de esa tecnología en Zamora y en Fuentesaúco, la provincia zamorana es una de las pocas de España que todavía no la tiene), terminó por facilitar la vida a los usuarios y, de paso, a complicar la vida a los padres -y a las madres- que no quieren que sus hijos tengan todavía un móvil.
El problema es que, para contrarrestar la distracción que supone un móvil, las dudas sobre la seguridad en la red, la privacidad y el gasto, el teléfono presenta ventajas como la llamada a Emergencias en caso de ser necesaria, la posibilidad de que el menor demuestre su capacidad para ser responsable o la siempre polémica localización por GPS, como tres de los aspectos positivos que dejan pensativos a los padres.
Eso sí, por el tortuoso camino del furor tecnológico, las impresionantes prestaciones y el maravilloso y colorido aspecto de las interfaces y las pantallas táctiles han hecho retroceder como un cangrejo a la tecnología para convertir un artilugio útil y estupendo en una agobiante obligación y en una servidumbre inexcusable. Y es que son raros los teléfonos que no necesitan carga, como mínimo, cada 24 horas. En este caso, prácticamente puede decirse que, cuanto más sofisticado, más hermoso y, por tanto, más socialmente anhelado sea el ‘smartphone’, menos dura su batería.
Redes sociales
Las redes sociales han hecho prácticamente imprescindible ese objeto tecnológico para cualquier adolescente que desee ver reflejada su vida en el mundo digital, hasta el punto de que, desde hace tiempo, los expertos detectan un nuevo modo de aislamiento en determinadas comunidades, con el móvil como dios menor de las relaciones humanas.
En este contexto, zamora24horas propone a sus lectores preocupados por este tema que expresen su opinión eligiendo una de las tres opciones a la pregunta ‘¿A qué edad debería tener un menor su primer teléfono móvil?’:
-Lo más tarde posible. Es absurdo que un niño o una niña de diez años lleve un móvil.
-Lo antes que se pueda; en cuanto sea capaz de llamar a un número memorizado. Por simple razón de seguridad y también en caso de emergencia.
-Depende del grado de madurez y responsabilidad. En cualquier caso, nunca debe permitirse en centros educativos, ni siquiera en los recreos.



