Las familias de acogida de los niños saharauis se mostraban desconsoladas una vez que el autobús partía. Había decenas de personas en la Plaza Mayor de Zamora despidiendo a los jóvenes, pero la sensación de soledad y vacío se apoderó de todos los presentes. Un hueco vacío, sin rellenar. Eso es lo que sentía cada una de las familias cuando el autobús desaparecía de la principal plaza de la capital.
“Puede que haya personas que no lo entienden, y creo que es lógico que piensen así. Esta es una experiencia que hay que vivir y solo así se puede valorar lo que uno siente. Son dos meses en los que la convivencia es muy intensa y el trato con los niños que vienen del Sáhara es un trato real de un hijo. Se les quiere como a un hijo más, porque los sentimientos durante el tiempo que están en Zamora son enorme”, comentaba una zamorana tras abrazar a la joven saharaui y antes de que subiera al autobús.
Esa sensación de pérdida se mantendrá durante todo el año, aunque esta madre comentaba que durante el año sí tiene noticias de la niña: “Aunque es muy complicado siempre tratamos de mantener un contacto con ella aunque sea muy puntual. Además, siempre nos queda la esperanza de volver a verla al año siguiente”, se consolaba esta madre que miraba de reojo a la joven niña pegada al cristal del autobús.
Por último, trataba de cuantificar el cariño y afecto que generan estos niños: “Es imposible de explicar con palabras. Son niños muy agradecidos y cariñosos, por eso están fácil empatizar con ellos durante el tiempo que están en Zamora, y a la vez es tan difícil decirles adiós llegado el momento”, finalizaba asegurando que el año próximo repetirá experiencia dentro de este programa de “Vacaciones en Paz”.



