Las religiones llevan siglos intentando resolver el mismo problema: conseguir que la gente abandone sus asuntos durante unas horas para creer en algo que no puede tocar.
La música, en cambio, lo tiene mucho más fácil.
Por eso el sábado, en Zamora, mientras cientos de personas avanzaban hacia la Fundación Rei Afonso Henriques con un vaso en la mano y el sol todavía alto, nadie parecía acudir a un festival. Parecía que iban a otra cosa. A una ceremonia. A un rito pagano de esos que sobreviven al paso de los años porque nadie se plantea ya por qué existen.
La Liturgia del Vermú tiene un nombre que ayuda. Lo religioso está incorporado al cartel desde el primer día. Pero hasta los conceptos más ingeniosos necesitan alguien que los haga realidad. Y este año encontró a su mejor oficiante en Carlos Ares.
Sin humo. Sin épica prefabricada. Sin esa necesidad contemporánea de anunciar la trascendencia antes de que ocurra. Ares salió al escenario con la naturalidad de quien parece no ser consciente del efecto que provoca. Como esos predicadores que hablan en voz baja y, precisamente por eso, obligan a todos a escuchar.
Y escucharon.
Escucharon los que habían llegado expresamente para verlo y también los que se acercaron por curiosidad. Los que conocían cada verso y los que apenas habían oído hablar de él. Porque una de las cosas más difíciles de conseguir en un festival es el silencio. No el silencio absoluto, imposible entre barras, conversaciones y reencuentros. Sino ese silencio colectivo que se produce cuando la atención de cientos de personas coincide en el mismo lugar.
Eso fue lo primero que logró Carlos Ares.
Lo segundo fue algo más complicado.
Convertir un concierto en una experiencia compartida.
Las canciones fueron cayendo una tras otra con esa mezcla de melancolía luminosa y verdad cotidiana que caracteriza su repertorio. Hay artistas que cantan para impresionar. Otros para entretener. Ares parece cantar para acompañar. Y esa diferencia se nota.
Cada tema encontraba acomodo en una tarde que parecía diseñada para él. El cielo limpio, el calor amable, los grupos desperdigados por el recinto y una sensación general de bienestar que convertía cualquier canción en una conversación entre amigos.
No hubo necesidad de grandes gestos.
Las mejores ceremonias nunca los necesitan.
Bastó con una guitarra, una banda perfectamente engrasada y un repertorio capaz de conectar con públicos muy distintos. Los fieles de primera fila recibían cada canción como quien reconoce una oración aprendida de memoria. Más atrás, los recién llegados descubrían a un artista del que probablemente salieron hablando al terminar el concierto.
Y eso, en los tiempos de la distracción permanente, tiene algo de milagro.
Porque mientras el festival seguía respirando alrededor —los brindis, las fotografías, las carreras de los más pequeños, las conversaciones pendientes—, el escenario consiguió convertirse durante un rato en el centro gravitacional de la tarde.
Toda liturgia necesita una comunión.
La de este sábado no llegó en forma de pan ni de vino, sino de canciones.
Y cuando el concierto terminó, quedó esa sensación extraña que dejan los buenos directos. La impresión de que el tiempo ha pasado más rápido de lo normal. De que algo importante acaba de suceder, aunque resulte difícil explicarlo. De que la realidad, por una hora y media, se había detenido para escuchar.




