Multitudinario último adiós al guardián del patrimonio zamorano

Funeral de José Ángel Rivera de las Heras en la Iglesia de San Ildefonso
La noticia del fallecimiento de José Ángel Rivera de las Heras cayó como un jarro de agua fría en la sociedad zamorana. A sus 65 años, un problema cardiaco acabó con la vida del párroco, guardián del patrimonio, divulgador de la cultura zamorana, semasantero y, tal y como recuerdan sus allegados, muy buena persona.
Este jueves se ha celebrado su último adiós en una multitudinaria misa funeral en San Idelfonso. Ni un hueco vacío en el templo zamorano para despedir a una figura que nunca será olvidada en Zamora.
Sacerdotes, fieles de San Frontis, amigos, investigadores, antiguos alumnos, cofrades y representantes de la vida cultural y política zamorana llenaban cada rincón. Toda la comunidad cristiana, visiblemente emocionada, despedía a un sacerdote que había entregado más de 35 años de su vida al ministerio y al servicio del patrimonio religioso de Zamora y de Castilla y León.
El obispo en su homilía habló con el corazón. Recordó el último encuentro que mantuvo con José Ángel en el hospital: “La última vez que le visité, nos despedimos con un abrazo y después me cogió la mano y besó el anillo del Obispo. El signo de su madre y mi esposa, la Iglesia de Zamora. Algo entrañable que guardo en el corazón como un tesoro”. Y añadió, citando a san Cipriano: “Nadie puede tener a Dios por Padre, si no tiene a la Iglesia por Madre”.
Fernando Valera quiso interpretar el sufrimiento en clave de esperanza. “Tengo para mí que las verdades de la fe se hacen verdad en nuestra vida cuando pasan por nuestra propia carne. Y, por ello, se pone delante de nosotros lo que significa el escándalo y la necedad de la cruz de Jesucristo”.
Con solemnidad, el obispo puso nombre al vacío que quedaba: “Hoy, la familia de nuestro hermano José Ángel pierde a uno de los suyos. Hoy, la comunidad parroquial de San Frontis queda huérfana de uno de sus pastores. Hoy, el presbiterio de Zamora siente la marcha repentina e insospechada de uno de los suyos. Hoy, la comunidad académica de historiadores del arte se queda sin uno de sus mejores exponentes. Hoy, el obispo de Zamora se muestra, una vez más, dolido en el alma por la pérdida irreparable de uno de sus hijos”.
No fue un discurso de consuelo fácil. Fue una proclamación firme: “No es el feeling humano el que nos une… no es la coincidencia ideológica… no es la obediencia ciega… Hermanos presbíteros, es Jesucristo. Es su misterio, su Pasión, su muerte. Es su vida y su gloria. Es su evangelio y el Espíritu el que nos une”.
En el silencio del templo Monseñor Valera pronunció palabras que sostienen en la prueba: “Nosotros seguimos aquí no por nuestras fuerzas, no por nuestras ideas, no por nuestros empeños… nosotros seguimos aquí por pura gracia, hoy, aquí y ahora, seguimos diciendo Sí al SEÑOR”. Y añadió: “Con las contrariedades y con los sinsentidos, con los desiertos que nos atraviesan, con las tentaciones en carne viva, con el cadáver de nuestro hermano aquí delante… queremos proclamar públicamente y una vez más un canto al SALVADOR”.
José Ángel dedicó su vida a estudiar y difundir la belleza del arte sacro. Publicó innumerables obras, comisarió exposiciones, diseñó museos y escribió catálogos, y durante décadas estuvo al frente de la Delegación de Patrimonio. Supo leer en la piedra, en la madera y en el lienzo una catequesis permanente. Por eso las palabras del obispo adquirieron una fuerza especial: “Hoy proclamamos y confesamos al Dios del bien y de la belleza a la que tantas páginas dedicó nuestro hermano. Hoy él ha vivido en su cuerpo lo que hace poco escribió como texto: la belleza del crucificado”.
El pastor de la diócesis lo expresó con claridad: “José Ángel ha sido un regalo para esta diócesis… Su legado permanecerá en sus escritos, en su tarea al frente de la Delegación de Patrimonio durante décadas, en sus investigaciones y en su ministerio durante más de 35 años”. Y añadió algo que quedó grabado en la memoria de todos: “La diócesis de Zamora y José Ángel están y estarán en deuda permanente y recíproca”.
Hubo también una exhortación dirigida a los sacerdotes: “Nuestro don ministerial… es ser corderos débiles y vulnerables, como el cordero que da la vida”. Y el prelado hizo también una invitación a dejarse transformar por la gracia: “Es tiempo de salvación, dejemos que Dios entre en nosotros… Pase lo que pase, querido hermano, que te encuentren en el bien”.
La homilía concluyó con una oración confiada: “Tú que fuiste el pastor que tantas y tantas veces soportaste el dolor de los otros sobre tu vida, déjate llevar y guiar en los hombros del Buen Pastor… Que la esperanza de María a la que serviste y acompañaste tantas veces, te envuelva con su manto, y sea ella la que te lleve a la luz eterna”.