Hay lugares en los que basta con que caiga la noche para sentir que uno ha viajado varios siglos atrás. En Cidões, una pequeña aldea del nordeste de Portugal, el fuego ilumina las caras de los vecinos, el calor de una hoguera gigantesca se extiende entre quienes se reúnen a su alrededor y, cuando llega la medianoche, el Diablo aparece entre las sombras. No es una recreación para turistas ni un decorado de Halloween. Es una tradición que el pueblo mantiene viva cada 31 de octubre.
A menos de dos horas de Zamora, en el municipio portugués de Vinhais, la Festa da Cabra e do Canhoto ofrece una forma muy distinta de celebrar la víspera de Todos los Santos. En una localidad que conserva el aspecto de esas aldeas rurales que parecen haberse quedado al margen del paso del tiempo, la fiesta devuelve por unas horas el protagonismo a los rituales colectivos, al fuego y a las creencias que durante generaciones formaron parte de la vida cotidiana.
Quien se acerca hasta allí descubre que la celebración no depende únicamente de la puesta en escena. La implicación de los vecinos es parte esencial de la fiesta. Los preparativos, la comida y la gran hoguera convierten la noche en un acontecimiento compartido, sostenido por una comunidad que se resiste a dejar desaparecer sus costumbres.
La cabra se cocina en potes de hierro y se reparte entre los asistentes. El fuego, alimentado con grandes cantidades de leña, se convierte en el centro de la reunión. Su calor, en medio de la oscuridad, acentúa la sensación de encontrarse en otro tiempo, en un mundo en el que las explicaciones sobrenaturales todavía podían ayudar a comprender aquello que escapaba al entendimiento.
Y entonces llega el Canhoto.
A medianoche, el sonido de un carro de bueyes anuncia la llegada del cortejo. Sobre los troncos aparece una figura vestida con una capa negra, el rostro oculto tras una máscara de madera y una horquilla en la mano. Es la representación del Diablo, que rodea la hoguera antes de desaparecer de nuevo en la oscuridad.
La escena tiene algo más que una estética inquietante. En un entorno como este, alejado de los escenarios urbanos y de los códigos habituales de las fiestas modernas, resulta más fácil imaginar el efecto que podían provocar estas figuras en las comunidades rurales de hace siglos. El fuego, las máscaras, la noche cerrada y la fuerza del ritual ayudan a entender por qué el Diablo no era siempre un personaje de ficción, sino una presencia que podía formar parte de la manera en que se interpretaba el mundo.





