Los pueblos afectados por el incendio de Fermoselle empiezan a recuperar la normalidad, aunque el paisaje que rodea a los vecinos ha cambiado considerablemente.
Andrés ha regresado a Formariz con sus familiares después de que se levantaran las órdenes de desalojo. Durante las horas más complicadas los acogió en su casa de Zamora y ahora vuelve para comprobar los daños. “Desolador”, resume con una palabra al encontrarse con el campo quemado y las llamas que llegaron a bordear viviendas y naves.
Una de las viviendas, grande y de fachada blanca, quedó prácticamente rodeada por el fuego. No había sido desbrozada, pero por fortuna los servicios de extinción y vecinos que se quedaron en el municipio consiguieron protegerla.
“Lo primero es la vida, pero si se pueden salvar las cosas materiales…”, contaba Andrés, que pone en valor el trabajo de quienes permanecieron en el pueblo y ayudaron a los equipos de emergencia a orientarse durante la noche por los caminos que rodean la localidad.
Y es que la vuelta también ha tenido un componente de impotencia para quienes vivieron el incendio desde lejos. En el caso de Miguel, se encontraba de vacaciones en Oporto cuando recibió la llamada de un amigo avisándole de que "Formariz se estaba quemando".
Había salido de viaje el martes por la mañana y apenas 24 horas después vio interrumpidas sus vacaciones ante la noticia. Pero el fuego ya había avanzado cuando intentaron regresar, y no pudieron acceder al pueblo. Ahora que la emergencia ha pasado, queda la preocupación por los daños y la sensación de que el territorio llevaba demasiado tiempo esperando una limpieza que no llegó.
Ese abandono es precisamente una de las principales críticas que repiten los vecinos. Una residente de Fariza que, desde Palazuelo de Sayago, lamentaba la falta de medios durante las primeras horas y recuerda que en 2017 otro incendio recorrió parte de la misma zona, aunque sensiblemente inferior en la superficie afectada. “Que iban a hacer cortafuegos, iban a hacer muchas cosas, pero no han hecho nada”, reprocha.
Habla de un monte cada vez más difícil de mantener con una población envejecida y escasa, y de un Parque Natural que, a su juicio, no se ha desbrozado suficientemente este año las zonas próximas a los pueblos. Explica que Fariza se salvó “de chiripa”. Es cierto que hasta allí no llegó el fuego, pero el pueblo también estuvo confinado. “Estamos abandonados por todos”, sentencia. Su temor es que, una vez pasado el incendio, el problema vuelva a quedar en segundo plano: “Se olvidará después de una semana y volveremos a las mismas”.
En Fermoselle, en cuyo término municipal tuvo su origen el incendio que lleva su nombre, los vecinos recuerdan unas primeras horas marcadas por el viento y la tensión por la rapidez con la que se extendían las llamas. El incendio avanzó desde la zona del puente de San Lorenzo empujado por el aire y dejó un paisaje completamente calcinado en dirección a Sayago y, posteriormente, a Los Arribes.
“El campo está arrasado”, explican. Allí no fue necesario confinar a todo el municipio, aunque algunos vecinos sí fueron obligados a abandonar sus fincas. Otros permanecieron pendientes de lo que ocurría y de sus propiedades. En los pueblos de alrededor, en cambio, muchos acabaron en el polideportivo de Bermillo mientras el fuego avanzaba.
Uno de ellos recuerda especialmente el peligro de las pavesas. Durante la madrugada se levantó para revisar una finca en la que había pasado la noche y descubrió una llama en una planta. Una brasa había viajado con el viento y había prendido en un tronco, pese a que la finca estaba trabajada.
Cogió un cubo de agua y la apagó. “Las hojas de las encinas prendidas vienen volando con el aire y te lo provocan”, explica. Esa experiencia ayuda a entender la velocidad con la que el fuego podía saltar de un punto a otro, pasando a decenas de metros de distancia con una simple pavesa.
Ahora el humo empieza a ser menos denso y los pueblos recuperan sus rutinas, pero la normalidad que regresa es distinta. Las casas afortunadamente intactas conviven con campos, árboles y explotaciones calcinadas. Las familias vuelven a sus viviendas mientras hacen balance de lo perdido.
El fuego se aleja, pero permanece su huella: un horizonte negro que rodea a todos estos vecinos y en su preocupación cuando la emergencia deje de ocupar titulares. Porque para ellos el incendio puede haber pasado, pero el paisaje que ha dejado tardará mucho más en recuperar su color.



