En los meses de verano, varios pueblos de la provincia tienen algo en común: entre sus calles, centros cívicos, bibliotecas o museos aparecen jóvenes universitarios llegados de distintos puntos del país con el objetivo de trabajar, aprender y dejar su propia huella en la localidad.

Se trata de los participantes del programa Campus Rural, iniciativa impulsada por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico junto a las universidades españolas que busca acercar el talento joven a pequeños municipios para luchar contra la despoblación. Además de una remuneración de 1.000 euros mensuales durante el periodo de prácticas, los estudiantes cuentan con alojamiento gratuito facilitado por los propios municipios.
En Tábara, el programa se ha convertido desde su origen en 2022 en una herramienta para reforzar proyectos culturales del municipio. "Gracias a ellos hemos podido actualizar el museo, su información, la página web y también la biblioteca", explica Paqui Gutiérrez, concejala de Salud, Educación y Cultura, quien se encarga junto a Juan Antonio Casas de coordinar el trabajo de los jóvenes y atender sus preguntas o necesidades durante la estancia allí.
Entre quienes han llegado este verano está la salmantina Inés Martínez, graduada en Desarrollo de Aplicaciones 3D Interactivas y Videojuegos en el Campus de Zamora de la USAL. Su misión en Tábara es cuando menos particular: transformar la historia local en una experiencia interactiva a través de un videojuego basado en los Beatos de Tábara. Con este, los visitantes podrán acercarse al patrimonio del municipio de una forma diferente. "No era algo que esperara hacer este verano, pero me alegro de haber aprovechado esta oportunidad y haber venido a hacerlo", reconoce.
A unos metros, el museo de la localidad, el Centro de Interpretación de Los Beatos, recibió en junio a tres estudiantes de Historia del Arte de la Universidad Complutense: Elsa, Elisa y Javier. Su trabajo pasa por atender visitantes, realizar visitas guiadas y actualizar contenidos como los textos que acompañan a las exposiciones.
Como también le ocurre a Inés, la experiencia es muy enriquecedora al tratarse del primer trabajo en un ámbito relacionado directamente con sus estudios. Además, ellos pueden aportar ideas innovadoras a un espacio ya consolidado, tal y como explica Javier: "Podemos dar una nueva perspectiva, otra forma de verlo, una visión más fresca, más contemporánea y más apropiada a este siglo".
También en Tábara, Claudia, formada en Historia y Filología Clásica y con un máster en Patrimonio Histórico Escrito, trabaja estos meses en la biblioteca municipal. Allí ha descubierto que estos espacios en los pueblos van mucho más allá de ser unos simples lugares de préstamo de libros. Ella atiende consultas, organiza fondos y ayuda a los vecinos en su día a día. Una cercanía que resume con una anécdota como esta: "Hoy he fotocopiado fotografías de principios del siglo XX porque una mujer mayor quería mantenerlas".
Todos ellos han llegado desde entornos muy diferentes, algunos de grandes ciudades como Madrid o Londres, y han tenido que adaptarse a un ritmo de vida distinto. La tranquilidad, las distancias cortas y la relación con los vecinos son algunos de los aspectos que más destacan. "Enseguida todo el mundo te conoce, aquí hay que saludar a todo el mundo y en Madrid no es para nada así", cuenta Claudia.
Esa cercanía también es una de las claves para la abulense Ana García, estudiante del doble grado de Maestro en Educación Primaria y Educación Infantil en el Campus de Ávila de la USAL. Ha llegado este verano a Fonfría para trabajar en la ludoteca municipal con niños de entre 3 y 12 años. Sus primeras dudas por la distancia desaparecieron al encontrarse con la excelente acogida de los vecinos: "La verdad es que me recibieron con los brazos súper abiertos", recuerda.
En su día a día, Ana ha comprobado las diferencias entre trabajar con niños en un entorno rural y hacerlo en una ciudad: menos alumnos, más contacto con las familias e incluso una mayor capacidad para aprovechar los recursos disponibles. "Me ha encantado, es todo mucho más cercano y totalmente diferente a una ciudad", asegura tras reconocer que durante este primer mes de experiencia ha cambiado su perspectiva respecto a su futura profesión.
Pero más allá del trabajo concreto de cada joven, el objetivo del programa parece cumplirse de forma bidireccional: los pueblos reciben nuevos conocimientos, ideas y apoyo para proyectos que no podrían desarrollar en algunos casos con sus propios recursos, mientras los jóvenes descubren nuevas formas de ejercer sus profesiones. Y con total éxito, puesto que muchos reconocen que no les importaría desarrollar su carrera profesional en zonas rurales.
El Campus Rural nació para acercar oportunidades a territorios marcados por la grave herida de la despoblación, pero las experiencias de estos estudiantes muestran que el intercambio va más allá de lo profesional. En Tábara, un videojuego acercará la historia al público, en su biblioteca una joven atiende consultas, préstamos u otros trámites de los vecinos, y en el museo los recién llegados explican el patrimonio de siglos atrás. Mientras, en Fonfría, una futura maestra llena de actividad el verano de los más pequeños.

Y es que durante estos meses de verano, los pueblos de Zamora no solo acogen estudiantes, sino que su gente y el entorno les muestran que el medio rural puede ser un lugar con oportunidades, donde poder desarrollarse profesionalmente y construir un futuro.



