Este fin de semana comienza a aplicarse el Reglamento 1169/2011 sobre la información alimentaria facilitada al consumidor. A juicio de la organización de consumidores Ceaccu, el Reglamento puede resumirse con una frase: cambiarlo todo para que todo siga igual. La principal novedad que introduce, la obligatoriedad del etiquetado nutricional, ya lleva tiempo presente en prácticamente todos los productos y, aunque se introduce alguna mejora (como que la sal tenga que indicarse como tal, y no como “sodio” o “Na”), no evita uno de los inconvenientes de la presentación de este tipo de información con fines más persuasivos o publicitarios que informativos, como ha venido denunciando.
Otra de las novedades, la que se refiere a un tamaño de letra mínimo, ha quedado muy lejos de lo que inicialmente se pretendía: mientras que el borrador de Reglamento preveía un tamaño obligatorio de 3 milímetros, finalmente se ha dejado en menos de la mitad, 1,2 mm., que, además, no tendrá que cumplirse siempre porque se contemplan excepciones en función del tamaño y la forma de los envases.
Aparte de no regular eficazmente la legibilidad del etiquetado (algo que antes de este Reglamento ya era obligatorio), otras carencias del Reglamento son no haber establecido la obligatoriedad del etiquetado de origen, es decir, que se indique la procedencia real del producto o del ingrediente principal, con frecuencia muy distintos del lugar de envasado. Tal como se ha aprobado, solo será obligatorio indicar el origen si se hace alguna alusión geográfica en el envase, para evitar confundir al consumidor. El problema es que ha dejado para un desarrollo posterior, como buena parte de las novedades introducidas, la aplicación concreta de este mandato, y las negociaciones están siendo muy problemáticas. Ceaccu considera que siempre que se haga alusión a algún país o región en la etiqueta, aunque sea de forma indirecta o gráfica, la indicación del origen debe ser obligatoria.
También no ampliar la obligatoriedad de la información nutricional a alimentos elaborados (por ejemplo, alimentos y bebidas de restaurantes de “comida rápida”) y bebidas alcohólicas (que son una excepción inexplicable). Y no evitar que en el frontal o cara principal de los envases siga apareciendo la información “publicitaria” del producto, mientras que los datos más objetivos y útiles se seguirán relegado a las zonas menos visibles del producto.
Cómo leer una etiqueta
Por tanto, ¿qué mejoras concretas notaremos? El consumidor, a pesar del Reglamento, tendrá que hacer un considerable esfuerzo para llegar a saber qué está comprando y qué va a comer. ¿En qué debe fijarse principalmente? Por razones de seguridad, debemos buscar la fecha y de qué tipo es. Si es fecha de caducidad (aparece indicada como “caduca…”) el producto no podrá consumirse una vez superada.
Para saber qué estamos comprando hay que buscar la “denominación” del producto, que no es la marca. Hay consumidores que pueden estar comprando una bebida refrescante, por ejemplo, y piensan que se trata de un zumo por la imagen que tienen del producto a través de la publicidad, o por dónde se coloca en el punto de venta. La denominación es la que nos indica la calidad y características del alimento que vamos a comprar. El siguiente dato a consultar serían los ingredientes. Y, por último la información nutricional completa (no la que aparece en la cara principal del envase, sino la tabla con porcentajes) De aquí buscaremos aquellos nutrientes o sustancias cuyo consumo debe ser moderado: sal, azúcares y grasas.




