Hay plazas que en verano no son plazas, sino memoria. La de Viriato, este viernes a las 19.30, era una especie de taller abierto donde el barro no se exhibe: se recuerda. Se pisa despacio, como si cada paso pudiera romper algo antiguo. Y, sin embargo, todo estaba en su sitio: los puestos alineados como un pequeño ejército de paciencia, el olor a arcilla fresca, las manos ya curtidas esperando otra temporada de San Pedro.

La LIV Feria de la Cerámica y Alfarería Popular de Zamora ha abierto sus puertas con el grupo de folklore La Morana, como si la ciudad necesitara una banda sonora que le recordara de dónde viene. Porque esta feria no se inaugura: se reanuda. Lleva más de medio siglo repitiéndose como un gesto que se niega a desaparecer, generación tras generación, en ese tránsito casi doméstico de abuelos a nietos.
“Abuela, me compras un pajarito”, decía un niño señalando los pitos de barro. Y en esa frase mínima estaba todo: el sonido agudo del juguete al soplar, la paciencia de una compra pequeña, la complicidad de una tradición que no necesita explicarse porque ya ha sido vivida antes.





