Hace un cuarto de siglo, la mañana del 11 de septiembre de 2001 comenzó en Estados Unidos como cualquier otra. En apenas una hora y 42 minutos, cuatro aviones secuestrados, dos rascacielos derrumbados y miles de víctimas cambiaron para siempre la percepción de la seguridad, el terrorismo y las relaciones internacionales.
A las 8:46 horas, un Boeing 767 de American Airlines impactó contra la Torre Norte del World Trade Center, en Nueva York. Diecisiete minutos después, a las 9:03, otro avión, el vuelo 175 de United Airlines, se estrelló contra la Torre Sur. Lo que inicialmente podía parecer un accidente se convirtió entonces en la imagen de un ataque coordinado contra Estados Unidos.
A las 9:37 horas, el vuelo 77 de American Airlines impactó contra el Pentágono, en Arlington (Virginia), sede del Departamento de Defensa estadounidense. Mientras tanto, el cuarto avión secuestrado, el vuelo 93 de United Airlines, había cambiado su rumbo hacia Washington. Sus pasajeros y tripulantes intentaron recuperar el control del aparato y el avión terminó estrellándose en un campo de Pensilvania, cerca de Shanksville, antes de alcanzar su objetivo.
A las 9:59 horas se derrumbó la Torre Sur. La Torre Norte lo hizo a las 10:28. Entre ambos momentos desaparecieron dos de los edificios más reconocibles del perfil de Nueva York y quedaron sepultadas miles de personas.
Los atentados dejaron 2.977 víctimas mortales, además de los 19 terroristas que participaron en los ataques. Las víctimas procedían de más de 90 países: 2.753 murieron en Nueva York, 184 en el ataque contra el Pentágono y 40 a bordo del vuelo 93.

Pero el 11 de septiembre no terminó aquella mañana. Las imágenes de las Torres Gemelas envueltas en humo y posteriormente convertidas en una enorme nube de polvo recorrieron el planeta. Millones de personas siguieron en directo por televisión una sucesión de acontecimientos que hasta entonces parecían propios de una película. Estados Unidos cerró su espacio aéreo y comenzó una nueva etapa marcada por la lucha contra el terrorismo, las guerras posteriores y un endurecimiento de las medidas de seguridad y los controles aeroportuarios.
También cambió Nueva York. En el lugar donde se levantaba el World Trade Center se construyeron posteriormente el Memorial y el Museo del 11-S. Allí se recuerda a las víctimas y se conservan objetos, testimonios y fotografías que permiten reconstruir no solo el ataque, sino también las historias personales que quedaron detrás de las cifras.
Veinticinco años después, el 11-S también pertenece ya a una generación que no lo vivió. El propio 9/11 Memorial calcula que unos 100 millones de estadounidenses son hoy demasiado jóvenes para recordar aquella jornada. La conmemoración de este año busca precisamente transmitir a quienes nacieron después de 2001 qué ocurrió y qué consecuencias tuvo.
La ceremonia del 25 aniversario se celebrará este viernes en la plaza del Memorial de Nueva York. Las familias de las víctimas leerán sus nombres y se guardarán siete momentos de silencio: los seis que tradicionalmente recuerdan los impactos y derrumbes de las Torres Gemelas, el ataque al Pentágono y la caída del vuelo 93, y un séptimo dedicado a quienes han muerto en los años posteriores por enfermedades relacionadas con el 11-S.
Un cuarto de siglo después, las Torres Gemelas ya no forman parte del horizonte de Nueva York. Pero el 11 de septiembre de 2001 continúa siendo una de esas fechas que dividen la historia en un antes y un después.



