El viernes amaneció algo más fresco en la comarca de Sayago. El descenso de las temperaturas dio un respiro a los medios de extinción para avanzar favorablemente en el control de los focos cercanos al cañón del Duero, frente a la frontera portuguesa, después de dos días de infierno.

Los pocos vecinos que aún quedaban a media mañana en el polideportivo de Bermillo de Sayago miraban al horizonte, dirección oeste, pendientes de un fuego que el miércoles avanzó a una velocidad imparable empujado por el viento. Lo cierto es que, a pesar de la calma, hay más humo que otros días. Al menos eso dicen los presentes en el pabellón.
Algunos caminan por los alrededores mientras los voluntarios recogen el mobiliario que se preparó para albergar a cerca de 200 personas durante las últimas 48 horas. Muchos lo hacen con mascarilla, aunque el olor a humo penetra igualmente en la ropa y devuelve a la memoria las llamas, el desalojo a toda prisa y ese fuego que parecía arrasar con todo.
Apenas una docena de personas procedentes de Pinilla de Fermoselle y Mámoles —las únicas dos localidades en las que aún no se había procedido al realojo debido a la cercanía de los focos que aún se mantienen activos— continúan en el pabellón después de que unas 130 personas pasaron allí la noche. El anuncio de los realojos, a primera hora, arrancó un espontáneo y emotivo aplauso entre los presentes. Muchos marcharon rápidamente para conocer la situación de sus casas, fincas, ganado y huertos.
Es el caso de Antonia, con la que hablamos cuando estaba a punto de marcharse. Almohada en mano, esta vecina de Palazuelo de Sayago reconocía sus ganas de regresar, mezcladas con el temor de no saber qué se encontrará al llegar a casa. Recuerda el "viento de miedo" que llevaba el fuego de un lado a otro y que se acercaba voraz hacia la localidad, hasta que comenzó el desalojo.
Sin embargo, a pesar de esos malos pensamientos, le reconforta el buen trato que han recibido estas dos últimas jornadas por parte de los profesionales y voluntarios en el polideportivo de Bermillo: "Nos han tratado de maravilla, se han preocupado mucho por todos". Un sentimiento que se repite entre todos los afectados con los que se habla.
Lorenzo Villar todavía se encontraba a la espera de volver a Mámoles junto a su tía, una mujer de avanzada edad. El miércoles desalojaron la localidad por prevención, cuando no parecía que el peligro pudiese llegar hasta allí. Estaban equivocados. Este jueves se convirtió en la zona más comprometida con un primer frente de llamas gigantescas. Afortunadamente, pueden contar aliviados que las viviendas de ambos han resistido, aunque otras casas antiguas y deshabitadas de la pedanía no han corrido la misma suerte.
Otro argumento que se repite entre los vecinos es el abandono del campo y las dificultades para limpiar el monte. "Que no nos den nada a la gente de los pueblos, pero que no nos quiten, que no nos prohíban hacer las cosas. No pueden denunciar por cortar unas zarzas", explica Lorenzo con resignación.
A solo unos metros se encuentran Aurora, Lola y Ángel, vecinos de Pinilla de Fermoselle que también esperan poder volver lo antes posible a sus casas. Lola tiene presente cada minuto porque, dice, "lo tiene grabado". El incendio comenzó alrededor de la una de la tarde del miércoles. Dos horas después, Pinilla —situada a más de diez kilómetros en línea recta del origen del fuego— ya había sido desalojada, dando una medida de la velocidad con la que avanzaba el incendio.
No hubo tiempo para mucho. Lola relata que las sirenas avisaron de que había que marcharse y las autoridades fueron conduciendo a los vecinos hacia el autobús "de 48 plazas". "Dejé allí los cacharros sin fregar y la mesa casi sin recoger", recuerda. Cogió lo imprescindible y salió de su hogar.
Aurora y Ángel se refieren al polideportivo como una especie de lujoso oasis en mitad de la emergencia: "Nos han tratado como en un hotel de cinco estrellas". Comida, agua, atención y, sobre todo compañía. Lo dicen con una sonrisa de agradecimiento hacia quienes lo han dado todo para que los afectados tuvieran la mejor estancia posible.
El sentimiento de comunidad entre vecinos de los distintos pueblos evacuados ha servido también para hacer más llevadera la situación. "Mal de muchos, consuelo de tontos", resume Aurora entre risas, recurriendo al refrán para explicar lo sucedido. Escuchar historias parecidas ha unido a los vecinos y ha hecho más llevaderas unas horas marcadas por el miedo. "Si había rencillas o rivalidades entre la gente o los pueblos, se han quedado fuera. Hemos sido compañeros", completa Lorenzo.
Nada de esta relativa calma y satisfacción en mitad de un incendio que ha calcinado miles de hectáreas en apenas horas sería posible sin los voluntarios y especialistas que han sostenido esta parte del operativo.
Emilia y María Teresa son dos de las vecinas de Bermillo que se acercaron al polideportivo para echar una mano. Han repartido comida y agua, han preparado desayunos y acompañado a quienes necesitaban hablar para desahogarse. Y lo han hecho "con todo el cariño que les hemos podido dar".
Ahora, bayeta en mano, ayudan a limpiar el mobiliario que regresa al colegio, situado a escasos metros del polideportivo. Destacan además la presencia de muchos jóvenes en las horas más complicadas, un ejemplo de cooperación entre vecinos de distintas generaciones.
La logística ha obligado a coordinar muchas manos dispuestas a echar un cable. Rosa Illera, coordinadora provincial de Cruz Roja en Zamora, explicaba que se llegaron a atender a unas 350 personas en este albergue, además de participar en el dispositivo de Fermoselle, donde fueron atendidas principalmente las personas de la residencia de mayores que fueron evacuadas.
Durante la mañana del viernes, el foco ha cambiado hacia el regreso a casa, y Cruz Roja se ha encargado de trasladar a algunos vecinos que no disponían de transporte propio a sus hogares y afrontar con ellos ese momento de nervios y sentimientos encontrados.
También ha estado muy presente el equipo de psicólogos y psicólogas del Grupo de Intervención Psicológica en Desastres y Emergencias (GRIPDE). Con la resaca del terrible incendio de Burgohondo en Ávila, llegaron ayer a Bermillo de Sayago para comprobar el estado de las personas y atender sus necesidades básicas, pero también otro aspecto relevante: ayudar a gestionar la incertidumbre en un momento tan convulso.
Medicación que se quedó en casa, personas mayores desorientadas, niños que necesitan momentos de esparcimiento o vecinos que se preguntan qué está pasando con lo que han dejado atrás. En definitiva, intentar "normalizarles el malestar" recordando que la evacuación es una cuestión de seguridad. Afortunadamente, sin tener que lamentar ninguna gran crisis entre los centenares de evacuados.
Con esta sensación agridulce dejamos el polideportivo. Apenas queda una docena de vecinos, los que todavía esperan la autorización para regresar a Mámoles y Pinilla, mientras fuera el humo recuerda que la emergencia aún no ha terminado del todo. Dentro, durante dos largas jornadas, los afectados ha compartido miedos, anécdotas y comidas, y todas ellas con el mismo objetivo: volver a casa. Quizá no haya consuelo en un incendio, pero sí algo que ha hecho más llevadera la espera: saber que, mientras el campo ardía, dentro nadie estaba solo.



