Los grandes incendios forestales no solo arrasan miles de hectáreas, sino que, cuando alcanzan una elevada intensidad, pueden llegar a generar su propio clima. Así lo explica el científico atmosférico Kyle Hilburn en un análisis publicado en The Conversation, en el que detalla cómo el calor extremo de las llamas es capaz de originar tormentas eléctricas, rayos, remolinos de fuego y vientos impredecibles.
Según el experto, cuando un incendio adquiere suficiente tamaño y temperatura, el calor hace ascender enormes masas de aire. Si las condiciones atmosféricas son favorables, ese aire continúa elevándose hasta formar nubes de desarrollo vertical conocidas como pirocúmulos, que en algunos casos evolucionan hasta convertirse en auténticas tormentas.
Estas tormentas pueden generar rayos secos, un fenómeno especialmente peligroso porque las descargas eléctricas alcanzan el suelo sin que la lluvia llegue a apagar los nuevos focos. La precipitación se evapora antes de tocar tierra debido al aire extremadamente seco, favoreciendo así la aparición de más incendios.
Hilburn también advierte de la formación de remolinos de fuego, columnas de aire en rotación capaces de transportar brasas a gran distancia y provocar nuevos focos. Aunque no son tornados en sentido estricto, sí pueden alcanzar una gran intensidad y modificar de forma repentina el comportamiento del incendio.
Otro de los riesgos es que, cuando estas tormentas comienzan a disiparse, generan corrientes descendentes y vientos erráticos que cambian la dirección de las llamas de forma imprevisible, complicando el trabajo de los equipos de extinción.
El científico subraya que este tipo de fenómenos son hoy mucho más frecuentes que hace apenas unos años, una evolución que ha podido constatarse gracias a las imágenes de alta resolución obtenidas por satélites meteorológicos desde 2017. Además, alerta de que el aumento de las temperaturas y las sequías asociado al cambio climático favorece incendios cada vez más intensos y difíciles de controlar.
Por ello, insiste en la importancia de la prevención, mediante la creación de cortafuegos, la reducción del combustible vegetal y la gestión forestal, para minimizar el riesgo de que los incendios alcancen la intensidad suficiente como para alterar su propio entorno atmosférico.



